Antonio, el comandante y la plantación de judías

antonio el comandante y la plantacion de judias

La Navidad siempre me puso triste. Triste y malhumorado. Malhumorado y agobiado. Simplemente no tenía sentido; gente a la que no me apetecía ver, regalos que no me apetecía hacer y mucha música de campanitas y cascabeles que, por supuesto, no me apetecía escuchar. La Navidad, trescientos sesenta y cinco días más tarde, vuelve a estar aquí, pero ya no tengo que preocuparme por esas cosas. No habrá más música de campanitas. No habrá más regalos. Pero, sobre todo, lo que no habrá, será más gente con la que compartir maratonianas y soporíferas comidas que pongan a prueba mi resistencia física y mental.

Resignado a mi destino, y obligado por el dolor de espalda que esta cama me provoca, me levanto y miro desde la ventana del puente de mando el lugar en el que debería estar la Tierra. El mismo que ocupaba en el momento de explotar. Hace ya siete años, precisamente hoy, y no logro acostumbrarme a su ausencia y la de los miles de millones de personas que me separaban de la definición de especie en peligro de extinción. Ya no, a menos que desarrollara la capacidad de reproducirme por escisión, como las estrellas de mar.

«Otra vez esa época del año, ¿eh?»

La voz de Antonio sale de alguna parte dentro del puente de mando. Por más que lo he buscado, todavía no he logrado encontrar el dichoso altavoz. Tras siete años de impertinencias suyas aún no he conseguido ponerme a salvo de esa odiosa voz que aparece siempre cuando más solo me apetece estar. Solo. Curioso, ¿no?

Antonio es el ordenador de a bordo. Una vez me vi solo en la nave le puse así por mi padre; sí, soy un sentimental. Más tarde, superada ya esa fase sensiblera y ñoña, el aburrimiento me llevó a trastear en el panel de mandos y configurar las opciones de audio según se me antojó en aquel momento. Una voz femenina no me pareció una mala opción, dadas las circunstancias. La soledad es muy mala. Ahora comparto mi vida con un ente, llamémosle así, con voz de mujer y al que, después de bautizar en honor a mi padre, no me pareció bien cambiarle el nombre. Suena un tanto enfermizo, lo sé. Lo cierto es que nunca he sabido si mi compañero es él o ella, ya que, pese a las muchas conversaciones que hemos mantenido al respecto, Antonio nunca me ha querido aclarar si era un ordenador o una computadora. Dada la poca importancia del hecho en nuestra relación he optado por respetar su intimidad y pensar en él como en lo que es: una simple máquina. Que se burla de mí constantemente y que es, pese a todo, lo más parecido a un amigo que voy a tener jamás.

Todo sucedió un 25 de diciembre. Habían vuelto todos a casa por Navidad. Todos menos yo, que, por estar prestando servicios a la comunidad, me quedé aquí, cuidando de la plantación experimental de judías que constituía mi mayor responsabilidad a bordo, no fuera a ser que decidieran escaparse.

Las judías crecen asombrosamente rápido en gravedad cero. Y lozanas, a saber por qué. Mucho sospecho que no se trata de judías ecológicas pero, la verdad, uno no se hace muchas preguntas cuando no tiene más que comer que eso; la tripulación no volvió de vacaciones, así que tampoco llegaron las provisiones. Las reservas de alimentos de la nave no me llegaron ni al verano. Aparte de para medir el tiempo, las estaciones del año no tienen ya ningún sentido, claro, aunque el Sol siga donde siempre. Por suerte aún queda algo en su sitio. La Luna, como supondréis, la mandó la Tierra a hacer puñetas en cuanto explotó, junto con mi antigua vida, tan lejana ya, en la que mi dieta estaba compuesta por algo más que judías verdes.

«¿Eh, comandante?»

Antonio es muy pesado. Mucho. Es como un grano en el culo. Siempre dispuesto a fastidiarme cuando menos me apetece. Y tengo que hacerle caso porque, si no, el muy cabrito me apaga las luces. No soporta que le ignore y amenaza siempre con dejarme a oscuras, y ya me he llevado bastantes golpes por chulería al negarme a responderle alguna que otra vez. La energía es cosa suya. Suya y de las judías, que además de darme de comer a mí alimentan no sé cómo las reservas energéticas de la nave. Ni pajolera idea. No soy científico. Mi única misión era el cuidado de aquella especie de huerto galáctico que habían montado para demostrar la teoría de un pirado de laboratorio. Iba a ser cosa de unos meses. Y aquí estoy ahora. El experimento ha resultado ser todo un éxito, aunque ya a nadie le importe. De no haber sido por los dichosos semáforos, yo ahora estaría muerto. Desintegrado y flotando en el espacio exterior, como el resto de la humanidad. Qué envidia. Cabrones. Acumulación de multas de tráfico. Cosa seria en aquellos tiempos. Servicios comunitarios o compartir celda con delincuentes de verdad. Cosa seria también. Pues hala, a cultivar judías; bonito servicio a la comunidad. Yo, que no las había visto más que en lata. Las luces parpadean por un instante. Puto ordenador de los cojones.

«¿Eh, comandante?»

Os juro que, como encuentre el dichoso altavoz, al comandante le va a faltar tiempo para cerrarle la boca de una patada. Comandante. Ni siquiera sé si eso está por encima del capitán o por debajo del sargento, o qué. En las películas el comandante solía mandar bastante. No veía por qué iba a ser menos en el espacio y, aquí, si alguien mandaba, con el permiso de Antonio, era yo.

—Sí, Antonio, sí —a ver si con esto se calla y me deja en paz de una vez.

«¿Estás triste, comandante?»

Jodido trasto, qué cansino es. Entre el acento raro de Antonio, como de adolescente de barrio, y que, pese a hablar como una cotorra, nadie parece haberle enseñado a tratar de usted, cada vez que me llama comandante suena como si se estuviera cachondeando de mí y de mi autonombramiento en plan napoleónico al verme solo en esta nave.

—¿Por qué explotaría, Antonio?

Sigo mirando melancólicamente el lugar donde en algún momento flotó mi casa y todo mi mundo conocido. Curiosamente, cuando le pregunto nunca me contesta. Como no puedo prescindir de las judías para sobrevivir no puedo cortarle el suministro energético y no puedo, tampoco, ponerme exigente a la hora de reclamar la misma atención que yo no le puedo negar. A ver qué hace cuando me muera. A ver quién cuida el huerto entonces, aunque sospecho que sabe hacerlo mejor que yo y, pese a no necesitarme para nada, me hace trabajar solo por diversión. Suya, claro está.

«De felicidad, quizás. Era Navidad»

Para ser una máquina es terriblemente sarcástico. O eso o tiene almacenada en el disco duro, si es que tiene de eso, una cantidad excesiva de cine navideño. De repente, un fuerte dolor en el pecho me obliga a llevarme la mano al corazón. Treinta y siete años. Quizás el ser humano tenga una tolerancia limitada a las judías verdes. En cualquier caso, no me parece una mala edad para morir. Por fin.

«¿Estás bien, comandante?»

Todavía activará un plan de emergencia y me joderá los planes. Por tu madre, Antonio, pórtate. Por una vez. Me retuerzo en el suelo, resistiéndome, por puro instinto, a morir. Siempre pensé que, puestos a pedir, me gustaría morir de viejo. Y durmiendo. Sí. Ya. Mucho pedir, pero quien no llora, ya se sabe. Si pidiéndolo y todo he acabado tirado con treinta y siete años en el suelo de una nave espacial, no quiero ni imaginar cuál habría sido mi muerte de haberme conformado con cualquier cosa.

«¿Eh, comandante?»

La madre que lo parió. Ni morir voy a poder tranquilo. ¿A que me apaga las luces todavía? La verdad es que ya me da igual; parece que esto va en serio. No sé por qué pero, aparte del razonamiento lógico que me lleva a pensar que, siendo el único ser humano en el universo, me va a ser difícil llegar a tiempo a un hospital, algo me dice que éste es, sin lugar a dudas, el momento de mi muerte. Morirse duele, por lo menos si estás despierto. En un intento de no sentir más dolor que el necesario permanezco inmóvil, con todos mis músculos en tensión, estirado en el suelo y con la mirada fija en el panel de luz que hay justo sobre mi cabeza. Parece que por una vez me va a perdonar mi silencio y no me va a dejar a oscuras.

«Iniciando inyección de flujo de nitritos»

No, no me va a dejar a oscuras. Mi falta de respuesta ya no es una ofensa para su orgullo porque lo que pretendía averiguar con sus dos últimas preguntas era si debía empezar a regar él mismo el huerto. Ya lo decía yo. Cabrón.

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2 comentarios en “Antonio, el comandante y la plantación de judías

  1. jaja que bueno, al final el único ser vivo que ha sobrevivido, a lo que sea, han sido las judías verdes
    Tampoco es tan descabellado, cualquier dia se les va la olla, más, a unos cuantos y quedan solo los de la estación espacial.
    Mientras disfrutemos 😉

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    • ¡Vivan las judías verdes! Jajaja
      Pues si, hay que aprovechar, que el mundo está lleno de tarados y, lo que es peor, suelen estar al mando, a saber por qué. Disfrutemos, pues!

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