La chica del lunar – capítulo 36

la chica del lunar - 36

Aquí está el Chungo, plantado en medio del rellano en todo su esplendor. En realidad, lo único esplendoroso en esa estampa es la maleta. Una maleta de un gris perla nacarado totalmente insospechado en un individuo como él, en el que lo más parecido a esa aureola de luz resplandeciente que desprende su equipaje es el brillo grasiento de su pelo sucio.

—Conque los chinos, ¿eh?

Ésa es mi abuela, que igual que te hace unas torrijas con pan de ayer te saluda con la frase que le da la gana. El Chungo se enconge de hombros y sonríe como un niño tímido de visita en casa de la familia lejana del pueblo. Tímido. Ya. Mi abuela lo hace pasar y lo mira de arriba a abajo.

—Pero —dice mientras lo repasa sin disimulo—… ¿los chinos de aquí o los de allá? Porque… ¿no habrás venido fugitivo desde tan lejos en un contenedor de esos de los barcos?

Olé mi abuela, que en dos frases ha dicho clarito y sin tapujos lo que todos llevamos una vida pensando al mirar al Chungo: gorrino.

—Anda, pasa y báñate, que falta te hace. ¿Te gustan las torrijas? Coge una toalla del armario del lavabo.

Tres frases en seis metros. Unidas entre ellas únicamente por el aire que mi abuela ha ido soltando ininterrumpidamente por su boca desde que empezara a pronunciar la primera hasta poner el punto final de la tercera al cerrar la puerta del baño. Porque, lo que es otra cosa en común, no tienen.

Los ojos láser de mi abuela han pasado del análisis, y posterior verbalización despiadada de las conclusiones del mismo, de la concentración de mugre por centímetro cuadrado de Chungo a las conjeturas, aún por verbalizar, sobre el contenido de su misteriosa maleta, que, a todo esto, sigue, huérfana de dueño, en medio del comedor. Qué cotilla es, madre mía.

—Se estará enfriendo el café, ¿no, niña?

Ya me ha pillado pillándola in fraganti en período de observación de su presa, en este caso la maleta, y eso, por experiencia lo sé, no le gusta nada. Cazador cazado o, lo que es lo mismo, «niña, trae la merienda». A buen entendedor… palabras que se ahorra mi abuela y yo que aparezco de vuelta por la puerta de la cocina con su café con leche y el plato de torrijas. La sonrisa de triunfo que asoma bajo su nariz desaparece por completo cuando vuelvo a meterme en la cocina seguida por Fernando. Por segunda vez se ha quedado inesperadamente sola en el sofá cuando esperaba tener al lado a mi jefe para sonsacarle información, ¿sobre qué? Ni idea, ¿y qué mas da?

—¿Qué? —le digo a Fernando mientras remuevo mi café—¿Contento? Ya me has colocado al Chungo. Porque no esperarás que me crea que tienes un escape en casa…

—No, mujer —bebe para intentar ocultar la risa que le escapa por la comisura de los labios; otro al que pillo en sus maldades—¡ay!

Mi risotada ante la quemadura de mi jefe concide con una mirada fugaz de mi querida abuela. No es su típica mirada de entromisión descarada en una conversación ajena (si fuera así estaría plantada, sin ningún tipo de pudor, entre Fernando y yo), tampoco es esa expresión tan suya de ensimismamiento mal fingido que adopta cuando quiere hacer creer que no está prestando atención a lo que hablas con otra persona porque está sumida en sus pensamientos. No, es una vulgar y corriente mirada de «no, no me ha visto». La poco convincente cara de disimulo de quien respira aliviado después de creerse descubierto. ¿Qué está tramando?

Fernando me pregunta, sin hablar, qué es lo que pasa, que me ve muy interesada por lo que pasa en el comedor, que según piensa, es absolutamente nada. Le hago señas para que continúe con la conversación. Con la que sea, que se trata sólo de dar confianza a mi abuela para que siga haciendo eso que sabe que no debe hacer, sea lo que sea, y poder enterarme yo, claro.

Pongo su misma cara de estar muy concentrada en mis cosas mientras Fernando habla, no sé de qué, y también alguna que otra vez la de «no, no me ha visto», que la puñetera es muy rápid cuando quiere y a punto ha estado de pillarme asomada a la puerta intentando ver qué narices estaba haciendo.

De repente, cuando menos pendiente estoy de ella, después de uno de esos momentos en los que a punto ha estado de pillarme en plena operación de espionaje, un golpe suena en el comedor. Una silenciosa exclamación de sorpresa (silenciosa, sí, de las que no necesitan palabras, puesto que con la cara de susto queda todo clarito), una puerta que se abre con rapidez y un señor sin mugre envuelto en una toalla floreada bajo la puerta del baño.

En vista de la combinación de objetos,  personajes, sonidos -o falta de ellos- y reacciones mi única duda es ¿qué puñetas hay en la dichosa maleta?

Vota en la encuesta cómo queres que contnúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 1 de marzo.

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4 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 36

  1. En sobres o en maletas, que más da.
    Billetes, muchos billetes!!! Que están de moda.
    Por cierto, mañana compraré el doble de pan para que sobre y hacer torrijas el sábado, como dicen que va a nevar vendran estupendas jeje
    Bon cap de setmana,

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    • Ay! El color del dinero, que nos vuelve loquitos… (a mí tampoco me molestarían unos billetitos más en mi cuenta, en la que no están de moda -ni se les espera pronto por allí…-).
      Que aprovechen esas torrijas! Lástima que no me puedas mandar una vía comentario… jeje
      Bon i calentet cap de setmana!!!

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    • Sí, sí, a ésta no le pasa como a mí, que solo sé correr en silencio. Las pastillas de la Seguridad Social (las que aún quedan) hacen maravillas con los abuelos de hoy en día (lástima que para nosotros ya no vayan a quedar…).

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