La chica del lunar – capítulo 34

La chica del lunar - cap 34

La verdad es que no tenía ningún plan para esta tarde, ni bueno ni malo, pero habría preferido mil veces el sopor de una calurosa tarde de verano sin nada que hacer a recibir a mi jefe con torrijas caseras de mi abuela. Como casi todos sabemos, la vida es dura y a veces te guarda golpes como éste. Cuando ya creo que no hay nada que pueda acabar de estropear lo que queda de día, una mano me tira del lateral de la camiseta. A su sutil llamada de atención sigue un no menos delicado gesto con la cabeza. Traducción: «andando, que las torrijas no se van a hacer solas y por más inútil que seas en la cocina algo encontraré para mandarte». A la orden.

Efectivamente. No puede decirse que las dichosas torrijas tengan mucha complicación, y menos aún para mi abuela, así que deduzco que no han sido más que una oportuna excusa para encasquetarme a mí el fregoteo de los platos que, hoy, le tocaba a ella. Termino en un plis de lavar las tazas del café, los platos de la comida y la olla del potaje pero, cada vez que doy por finalizada mi misión con el simbólico gesto de cerrar el grifo, un nuevo cacharro, sea éste una cuchara, unas pinzas o un plato, aterriza en el fregadero. No creo en las casualidades, así que empiezo a hartarme de la vocación tocanarices de mi abuela en el día de hoy.

Tal y como amenazó, Fernando se presenta en casa apenas una hora después de su llamada. Abre la maestra torrijera.

—Hola, joven —saluda—. Pase, pase.

Fernando entra, sonriendo pero barriendo el comedor con la mirada en mi busca. Al verme se relaja y recupera esa habitual tranquilidad suya tan cargante, a veces.

—Bueno, ¿qué pasa? —pregunto, tras saludar.

—¿No le vas a ofrecer un café? —pregunta bruscamente mi abuela sin importarle lo más mínimo haber dejado a Fernando con la boca abierta, dispuesto a responderme.

—Perdona, Fernando —digo, mirándola a ella—. ¿Quieres un café?

—Sí, gracias.

Y, antes de que pueda dar un solo paso, mi abuela se sienta en su sillón frente a la tele.

—El mío ya sabes cómo lo quiero.

Fin de la conversación. Que haga yo los cafés. Con lo que no cuenta es con que Fernando me siga a mí a la cocina en vez de sentarse junto a ella en el sofá. Desde allí no va a poder oír nada. A veces, la vida te compensa por su dureza con pequeños grandes momentos como éste.

—Mmm —dice Fernando al ver el plato de torrijas—… ¡qué buena pinta!

—Bueno, qué. ¿Me vas a decir ya qué es lo que me tienes que pedir?

Borra su despreocupada sonrisa y acompaña su vuelta al mundo real con un gesto de disgusto y alargando el brazo hacia el plato de la merienda.

—Verás —comienza—… se trata del Chungo.

—¿El Chungo? —tuerzo el gesto. La última vez que lo vi me echó del coche. Me había subido sin permiso, cierto, pero, ¿cómo iba yo a saber que lo estaba robando? Soy una chica de barrio pero honrada, como la mayoría de mis vecinos.

—Me debía un favor y por ello se encargó de ajustar cuentas con Gloria pero, al parecer, le ha salido un pequeño contratiempo…

—¿Con el coche robado? —interrumpo.

—¿Cómo? —por su expresión se ve claramente que no tiene ni idea de qué le estoy hablando.

—El del otro día —total, tampoco tiene mucho sentido ocultarle esta información a una persona que acaba de  encargar una venganza, por justa y poco sanguinaria que ésta haya sido—… me obligó a bajarme y no hacer más preguntas.

Me mira durante unos segundos durante los que parece que esté siempre a punto de decir algo. Hasta que decide zanjar el asunto y seguir con lo suyo.

—No quiero saberlo —resuelve con rapidez—. La cuestión: que a raíz de nuestro trabajito —dice, entrecomillando el trabajito—le ha surgido un pequeño contratiempo con la mafia china.

—¿Qué? —por más que haya ido bajando el volumen a medida que avanzaba en su frase he podido oír perfectamente las dos últimas palabras—¿Con la mafia china?

Percibo una presencia con moño a mi espalda, tal y como tantas veces me ha pasado ya, siempre cuando menos la espero. Lo que no sé es cuánto tiempo lleva ahí. Quizás sólo desde mi última exclamación; mi abuela es un ser velocísimo cuando algún motivo de peso -como un incendio o una conversación ajena- le obliga a ello.

—¿Qué tienen que ver los chinos con la bicha? —conforme voy formulando mi pregunta me vienen un montón de cosas en común entre ellos, como un Gran dragón de fuego, un montón de poemillas amorosos de pésima calidad o un almacén clandestino de ginseng junto a la cocina del Lito—¿Y qué quieres de mí?

—Que lo acojas unos días.

—¿Qué? ¿Al Chungo? Y, ¿por qué no lo haces tú?

—Tengo un escape en casa —dice con abatimiento, seguramente fingido—. No quieras saber cómo está todo…

El gorgoteo del café al hervir irrumpe en la conversación, impidiéndome pensar.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el siguiente capítulo el próximo viernes 15 de febrero.

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6 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 34

  1. Que lo acoja, pobrecito Chungo . . . Y así de paso la abuela diversifica su atención.
    Sirvi, continuo pensando que con Fernando hay feeling 😉 “amor entre torrijas”

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    • Pobrecito Chungo, sí… jajaja.
      Respecto a Fernando, qué quieres decir? que está confundido? porque me da a mí que le gustan más los torrijos… jajaja (según él mismo dijo unos cuantos capítulos más atrás).
      Lo del amor entre torrijas me ha encantado (es muy Almodovariano…).

      Petons!

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