La chica del lunar – capítulo 32

la chica del lunar - cap 32

Resulta un pelín sospechoso que Yi no haya contestado a la llamada de Gloria y sí a la de un número desconocido. Muchas ganas de hablar con ella no debe de tener, hecho que para mí ya es más que suficiente para no llamar a una persona. Hay pocas cosas tan molestas como un pesado que no sabe ver que molesta. Sólo hay algo peor, y más triste, que uno de esos: uno que no quiere verlo y prefiere vivir en la feliz ignorancia de creerse tolerado, ya que no directamente querido.

Le tiendo el móvil a Gloria, quien acto seguido se aleja de mí para poder mantener una cierta privacidad en su conversación. Sólo espero que no se enrolle mucho, que una no es rica. Empieza a caminar calle arriba y abajo y, por no quedarme sola en mitad de la acera, me acerco a un banco bajo a un árbol y me siento con la esperanza de no calentar durante mucho rato el asiento.

Con la tontería se me ha hecho casi la hora del vermut y sigo fuera de casa. El dichoso encargo de la cinta americana de mi abuela se está alargando y ésta es muy capaz de hacerme uno de sus potajes especiales como venganza justiciera por hacerla esperar. Potaje canicular lo llama mi hermano. Es una especie de tradición no reconocida que acompaña a mi familia desde que tengo uso de razón. No hay verano al que le falte un potaje, guiso, cocido, estofado o sopa rondando el punto de ebullición. No en mi casa. Y hoy, no sabría decir por qué, tiene toda la pinta de ser el día estrella de este mes de julio.

A Gloria se la ve calentita, y no debido a las temperaturas típicas de estas alturas del año ni a su pasión desatada por el Sr. Próspero, ya que la conversación que mantiene con su Gran Dragón de Fuego no parece especialmente cariñosa, a juzgar por el tono y los aspavientos con que acompaña sus intervenciones.

De repente algo, llamémosle premonición, sexto sentido o, simplemente, el quinto, ya que lo que me lleva a prestar atención a lo que sucede a mi espalda no es sino mi sentido del oído, que me informa de que esa voz que se va acercando no es del todo ajena a la situación en la que me encuentro, me invita a poner la antena.

—Pero Gloria, amor mío —primer dato, coincidencia o no, que me hace sospechar que la cosa me puede interesar—, amor nuestro es imposible.

Segundo dato; mucha casualidad me parece a mí que dos Glorias estén viviendo en este mismo momento y lugar un amor imposible con una persona con dificultades para articular un discurso en condiciones en nuestro idioma. Sólo hay un pequeño detalle que no me acaba de cuadrar; esa voz no me recuerda nada al Sr. Próspero, aunque no me resulta del todo infamiliar. Espero a que acabe de pasar de largo y dirijo hacia allí mi mirada, tan discretamente como puedo, para ver confirmadas mis sospechas y comprobar que no es otro que Próspero Jr. el que acaba de pasar junto a mí, chapurreando chapuceramente una lengua que domina a la perfección.

El engaño, puesto que está claro que pretende hacerse pasar por su padre, desposee al chaval de aquella inocencia que desprendía hace no tantos potajes veraniegos. El engaño y los años, claro, que la adolescencia es sabido que despoja a las criaturas de candidez, simpatía y ternura para hacer sitio suficiente para embutir en un cuerpo poco más grande que el del año anterior semejante cantidad de tontería, antipatía y granos.

El impostor camina a paso ligero hacia el bazar, sin dejar de mirar hacia atrás en un intento por saber si ha colado su actuación o si Gloria le ha descubierto o, por lo menos, sospecha algo. Debe de satisfacerle la reacción de mi ex jefa porque ríe maliciosamente antes de desaparecer en el pasillo de papelería del negocio paterno. Ahora la pregunta es ¿por qué? ¿qué ha llevado a mini Yi a hacerse pasar por su padre ante Gloria? Apuesto a que no hay más razón que la pura diversión de tomar el pelo al prójimo, más aún si no se trata de un personaje muy querido -como es el caso de la bicha- al que se puede poner en evidencia fácilmente. Poco importa que sea hiriendo la excasa sensibilidad que esa persona pueda tener. Esas cosas no se ven así antes de los veinte.

Gloria se dirije hacia mí con gesto abatido. Me tiende el móvil y me da las gracias tras esos ojos vidriosos que me han llevado a tratar de ayudar a la persona que parecía habitar tras ellos y toda la mala leche que normalmente desprendían. Que Yi le había pedido que no lo llamara más. Que su amor, aunque sincero, era imposible, que se debía a su familia y quería poner distancia para intentar minimizar el sufrimiento que sus sentimientos hacia ella le provocaba. La del talento para la poesía va a ser, después de todo, ella, puesto que no soy capaz de imaginar cómo Próspero Jr. puede haberle dicho todo eso omitiendo artículos, pronombres y, por supuesto, subjuntivos.

Abro la boca con intención de ponerla al día de la gran mentira en la que vive pero me detengo a tiempo. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene hacerla sufrir inútilmente? Aunque, por otra parte, ¿no se merece el mocoso un escarmiento?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la siguiente entrega el próximo viernes 1 de febrero.

4 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 32

  1. Si, si que lo escarmiente jejeje.
    Por cierto, ya estoy con el comisario, a ver si vemos el ejército ;-)) Es curiosa la relación que ha establecido con su hijo.
    Un petonet,

    Me gusta

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