La chica del lunar – capítulo 31

la chica del lunar - cap 31

Si alguien me hubiera dicho, no ya hace cinco años, ni seis meses, sino sólo dos horas antes de este preciso instante, que hoy me iba a encontrar hablando de amoríos con la víbora de mi antigua jefa, no le habría creído. Menos aún si me dijera que los amoríos no iban a ser, para más INRI, míos (lo cual habría supuesto sin duda una gran sorpresa para mí misma, puesto que los romances pululan por mi vida del mismo modo que lo hace el dinero: con poca frecuencia y menos impacto). Pero aquí estoy yo, viviendo una mañana de sábado de lo más atípico, enterándome por boca de la persona que más odio me ha hecho generar por minuto a lo largo de mi todavía corta vida, de las sacudidas con las que el caprichoso de Eros estaba maltratando su pobre corazón de pécora. Lo gracioso es que no sólo no me estoy riendo en su cara, como sería no sólo lógico sino, a todas luces, justo, sino que ante tal desdicha amorosa, una que es, además de blanda, empática (o gilipollas, que en este caso viene a ser lo mismo), se está planteando echarle un cable, aunque sólo sea para que el karma, el destino o cualquiera que sea la fuerza que rija secretamente nuestras vidas, se vea tan en deuda conmigo que no pueda sino colmarme de felicidad absoluta por el resto de mis días.

Movida por tan altruista motivación, y aun viendo que su historia de amor está condenada al fracaso, me dispongo a aportar mi granito de arena para que de todo esto acabe saliendo un romance digno de las teclas de la mismísima Corín Tellado.

—Y dices que no contesta a tus mensajes —retomo la conversación con esta frase de la que conozco perfectamente la respuesta, ya que ha sido ella misma la que me ha dado la información. La bicha niega. No, no los contesta—¿Has probado a llamarlo por teléfono?

Su cara transmite a la perfección sus pensamientos: «eres tonta, niña». Vale, vale; tenía que preguntarlo. Así que el Sr. Próspero le ha mandado mensajes presuntamente tórridos y delicadas poesías camufladas en las cajas de ginseng pero a la hora de la verdad se ha rajado. Y no lo culpo, la verdad. Lo que no entiendo es por qué una persona aparentemente normal y hasta con cierta simpatía y encanto personal podría haberse planteado siquiera por un momento un affair con Gloria. Dada la reincidencia en el asunto descartaría al alcohol como desencadenante de los hechos; Yi no parece tener problemas con la bebida. Como mucho se le habrá puesto algo pocho el lagarto del licor de los chupitos y le haya sentado regular pero de ahí a tirarle los tejos en plan Romeo oriental hay un trecho largo.

—Pero habéis hablado en persona de ello, ¿no?

Que no. Que ni en persona ni por teléfono. Que su Yi es demasiado tímido para decirle a la cara lo que le cuenta en sus preciosos y delicados poemas y en sus más escuetos SMS. Y que no tiene tampoco la más mínima intención de poner en peligro el matrimonio de su amorcito, por poco satisfactorio y menos feliz que éste sea, presentándose por las buenas en el negocio que le da de comer. Que si, encima, se enteraran sus antepasados, iban a atravesar el mundo sobre un dragón nacarado y se iban a presentar aquí todos a ajustar cuentas tras la deshonra de su familia y no sé qué chorradas más. La paro porque se embala y no quiero ni imaginar a dónde puede ir a parar su discurso. A ver si la que empina el codo en esta historia va a ser, después de todo, ella, y se ha montado una película que ya querría Spielberg para su próximo taquillazo. ¿Seguro que no se lo habrá imaginado todo?

—¿Me podrías enseñar algún mensaje de esos? —hay que asegurarse. Ya sé que es algo muy personal pero lo mismo esta tía está loca y estoy haciendo el imbécil—Quizás te pueda ayudar pero antes necesitaría saber ante qué estamos.

Gloria duda. Lógico. Yo no le dejo leer mis mensajes a nadie. Considero que es algo privado entre la persona que me lo envió y yo. Poco importa el contenido. Iba dirigido a mí, por insignificante que fuera. Y ahí debe quedar para siempre. Cuando ya pienso que se va a negar saca el móvil del bolso. Busca torpemente entre su contenido y me lo planta delante.

«Gloria divina, ángel de fuego, te daría mi corazón pero sabes que no puedo»

Como poesía, pobre, desde luego. No le convence mucho mi reacción y me enseña otro:

«Quisiera ser un guerrero de terracota para no sentir mi alma rota. Tu belleza delicada es la luz de mi vida gris»

Como no mejore entre el ginseng estos ripios tienen de poético lo que yo de chica dura. Y en el último no se ha tomado ni la molestia de cerrar con alguna rima fácil; ¿qué hay más fácil de rimar que un adjetivo de los típicos? Podría haber dicho «te hace parecer un hada» o cualquier cosa por el estilo. Pese a todo, no me había parecido durante mi conversación con él, que el Sr. Próspero tuviera un discurso tan fluido. Si se saltaba los artículos al hablar no creo que fuera capaz de escribir un texto correctamente.

—Llámalo —digo de repente. De hecho, se trata más bien de una orden. Y, lo que es más sorprendente, es cumplida. Gloria marca y deja sonar el teléfono. Ocho tonos. Nada—Espera —vuelvo a decir, mientras saco el móvil y tecleo el número que aún aparece en su pantalla. Le pido que cuelgue, hago un poco de tiempo y llamo desde mi teléfono. A los dos tonos ya hay vida al otro lado.

Vota en la encuesta cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el siguiente capítulo el viernes 25 de enero.

4 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 31

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s