La chica del lunar – capítulo 30

la chica del lunar - capitulo 30

Abrumada por la situación, por lo sorprendente de esa relación, consumada o no, entre Gloria y el Sr. Próspero -Yi Gran Dragón de Fuego, me temo, a partir de ahora, para la parte de mi cerebro que se encargue de conservar los recuerdos que yo me empeño en olvidar- y, sobre todo, por los sentimientos encontrados que me produce ver sufrir a mi antigua jefa al más puro estilo culebrón venezolano, algún mecanismo de defensa de mi organismo me lleva a huir de allí, cobardemente, por una simple cuestión de salud mental.

—Bueno, yo  —me oigo decir con voz dubitativa—… es que me tengo que ir…

—Sí, guapa, sí —los ojos vidriosos de Gloria dan un significado muy distinto a esas mismas palabras que tantas veces me había dicho antes cargadas de mala leche—; no llegues tarde por mi culpa —me agarra del brazo y me planta dos sonoros besos—. Me alegro de haberte visto.

Le dedico una última sonrisa y echo a andar. Ya está. He podido ver con mis propios ojos el sufrimiento de Gloria, por poco que haya tenido mi venganza que ver en ello. Me puedo dar por satisfecha; se ha hecho justicia. Por fin. Sí. Entonces, ¿por qué no estoy satisfecha? ¿por qué no puedo apartar esa sensación desagradable que no me deja disfrutar mi venganza? ¿por qué tengo el estómago encogido? Será, quizás, porque en el fondo sé que el dejar a la bicha allí plantada con su pena no ha tenido tanto que ver con mi dureza de espíritu -cosa que, hasta la fecha, no tengo noticia de tener- como con mi blandenguería antológica, famosa, si no en el mundo entero, en la escasa parte de él que me he podido permitir recorrer con mis no menos antológicos y famosos escasos ingresos. Soy una blanda, sí. Y eso es algo que me corroe por dentro, ya que mi blandura es proporcional a mi mala leche, que es mucha. Malas noticias porque es una combinación que no me permite repartir toda la justicia que este mundo necesita, que no es poca, sin sentir un mínimo de remordimientos. Sé que no debo hacerlo pero no puedo evitar echar una última mirada a Gloria antes de doblar la esquina. Allí está, en el mismo lugar exacto en que me he despedido de ella. Frotándose esos ojos tristones, desprovistos de todo el odio que solía emanar de ellos, mirando en dirección al Bazar Próspero. Vuelvo a ver la persiana bajada del Lito pasar junto a mí. ¿Vuelvo? Sí, porque antes de que pueda darme cuenta de que la pequeña persona vengativa y rencorosa al mando de mi cerebro ha mutado en un ser patético, incapaz de llevar a cabo, por una vez en su vida, una justa venganza hasta sus últimas consecuencias, ésta ha tomado ya las riendas de mi aparato locomotor y ha echado a andar en dirección a la víctima de la que no ha podido evitar compadecerse en el último instante. Cobarde.

—Emmm —Gloria sigue de espaldas a mí, mirando al bazar regentado por el responsable de su mal de amores—… hola

—Uy —la saco de su ensimismamiento, quién sabe si de alguna tórrida fantasía en el pasillo del menaje de cocina, entre las sartenes y las espumaderas, retozando sobre un mullido montón de bayetas y servilletas de papel—. ¿No te ibas?

—No —lamentablemente—. He recordado que había quedado más tarde de lo que pensaba.

Atribuyo su expresión al agradecimiento por haber vuelto a interesarme por ella y sus sentimientos pero quizás no sea más que el reflejo de un fugaz recuerdo de su revolcón en el pasillo de los cacharros de cocina.

—Nada —digo—, que si te puedo ayudar en alguna cosa, ya sabes.

—Uy, no —se ríe, vete a saber de qué—. No te preocupes. Eres demasiado joven para hacerte una idea de la situación.

La miro con cara de «si lo sé no vuelvo a consolarte, bruja» y debe de captar el mensaje porque enseguida intenta enmendar su intervención.

—Que los mayores somos muy complicados, quiero decir. Ya lo verás cuando llegues.

Francamente, no me parece que el mensaje haya variado en lo más mínimo pero, por lo menos, me queda claro que la intención no era mala. Ella misma debe de sospechar que no ha arreglado mucho la cosa y, finalmente, se decide a contarme sus penas, aunque sólo sea por no meter más la pata.

—No responde a mis mensajes —dice, compungida.

Si todo el problema es ése no creo que sea nada que cualquier quinceañera no sea capaz de comprender e, incluso, aconsejarle al respecto.

—Y no sé por qué.

—¿Porque le robas el ginseng? —hablo, desgraciadamente, más deprisa de lo que pienso. Es una de mis no virtudes. Mi abuela siempre dice que, salvo excepciones, la gente no tiene defectos sino carencias de virtud y, si ella lo dice, sin duda será verdad. Y, con toda la gente que hay en el mundo, no voy a ser yo una excepción, más con la cantidad de energúmenos que andan sueltos por él. La bicha me mira, perdiendo por un instante ese aire de ternura e indefensión que me ha hecho volver sobre mis pasos. Sin duda no le ha hecho gracia mi conversación con el Sr. Próspero—¿No?

—¿Qué más te ha dicho?

—Nada —respondo, no sin sentir un reflejo de aquel pánico que me invadía a veces durante mis jornadas en el Lito, especialmente si ella no había dormido bien aquella noche.

—Conque te ha dicho que le robab pero no te ha hablado de sus mensajes. Ni de las poesías que me enviaba escondidas entre el ginseng. Ni de las ganas que decía que tenía de verme. ¿Verdad que no te ha hablado de eso? ¿eh? ¿verdad?

¿Poesía? ¿el Sr. Próspero? No se puede decir que sepa mucho de él pero, la verdad, no me parece que tenga una vena artística muy marcada. Y literaria mucho menos, a menos que le mandara las poesías en chino, claro está, en cuyo caso ni yo ni, mucho menos, mi ex jefa, estaríamos en condiciones de apreciar, no ya la calidad de las composiciones, sino el significado más básico del mensaje. Justo entonces aparece la silueta de Yi Gran Dragón de Fuego recortada contra la luz blanca de los fluorescentes del bazar. Permanece allí, mirándonos, no sé si sorprendido o no, hasta que la Sra. Próspero le atiza con el palo de la escoba que después le entrega con gesto autoritario. Lo vemos desaparecer por la izquierda mientras barre el pasillo de los utensilios de cocina en el que Gloria fantaseaba con la pasión desatada de su amor oriental. La verdad, le veo poco futuro a esta relación. Si antes de empezar ya están así, la cosa no puede ir mucho mejor. ¿Debería decírselo?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 18 de enero.

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4 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 30

  1. Dar consejos sobre temas sentimentales???? Uff que dificil, puesto que tengo que elegir “a luchar” que la vida sin amor es muy sosa.
    Acabo de terminar el libro de Fred Vargas, gracias por el descubrimiento, me ha encantado y no sera el ultimo que lea de esta autora. Primer proposito para el 2013 conseguido, estoy leyendo mas con el resto de propositos voy peor jeje.
    Lo siento, ni un acento!!!! no se como ponerlos este mini teclado ;-)(

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    • Me alegro de que te haya gustado! Yo estoy terminando el segundo; cuento con finiquitarlo mañana, así que os podré contar más muy pronto. Por ahora te diré que me ha gustado tanto o más que el otro, así que ya sabes…

      Por lo menos has puesto las letras correctas, a mí me cuesta sudor y lágrimas pulsar una sola letra cada vez… (dedos de pianista, ya sabes… jajaja).

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