La chica del lunar – capítulo 27

La chica del lunar -cap 27

Sábado por la mañana. Ataco el fin de semana con unos buñuelos de mi abuela, que sigue en plan pelota para que no ponga pegas a nuestra etapa de compañeras de piso. Bien sabe que es más fácil llevarme por donde quiera si estoy de buen humor. Los buñuelos me ponen de muy buen humor. A partir del quinto alcanzo un estado de beatitud tal que pocas cosas hay que me niegue a hacer si se me piden con un poco de educación. Mucha mano izquierda es lo que tiene mi abuela. Eso, y muy mala idea también. La muy malvada ha esperado a tenerme con la panza llena para decirme «Laurita, guapa, se me ha acabado el celo gordo ese gris» -para los mortales: cinta americana- «¿no sabrás tú dónde puedo comprar más?». En plena digestión, y conmovida por su candidez, a falta de más sangre que pululando por mi cerebro pueda hacerme ver que aquello no es más que una hábil maniobra, mis palabras se adelantan a mis pensamientos y cuando quiero darme cuenta ya me estoy ofreciendo para ir a comprar los rollos de celo de ese gordo y gris que ella quisiera. Faltaría más. Lo siniestro de su sonrisa no puede sino confirmar mis sospechas de que, una vez más, me la ha vuelto a colar.

Con el mal humor de quien se sabe engañado -y de forma merecida- recorro el camino hasta el Bazar Próspero, donde, contra todo pronóstico, no encuentro al Sr. Próspero sino a su señora. Con cara de muy pocos amigos, todo sea dicho. Raro. Raro porque si su marido es un hombre amable, muy amable, de hecho, la Sra. Próspero es un dechado de cortesía, afabilidad y simpatía. Menos hoy, que, al parecer, se ha levantado con el pie izquierdo. Mete los rollos de cinta americana en una bolsa de plástico, de forma poco delicada, casi violenta, y me ladra un «cuatro euro» que me hace sentir como la causa de su mal humor. Culpable de sea lo que sea que haya sacado a esa Mrs. Hyde oriental a la luz. Este bazar respira hoy muy mal chi.

Le doy un billete de diez y, mientras coge el cambio de la caja, también como me pasó hace no mucho durante la conversación con mi abuela, oigo como unas palabras salen de forma completamente inesperada de mi boca. La Sra. Próspero y yo nos enteramos al mismo tiempo de lo que dicen ya que, como ya he dicho, se han saltado todos los filtros. Las acogemos de forma distinta, eso sí. Ella se pone roja de ira y yo blanca del susto.

—¿Cómo que si sabemos ya quién rompió cristales?

Sí, ésa era exactamente la pregunta. Al parecer, mi cerebro ha decidido, sin consultarme, que arriesgarse a lo tonto para averiguar algún insignificante detalle más sobre el misterioso caso de los escaparates rotos era una buena idea. Agua y harina y aceite para freír. Con semejante digestión lenta iba a ser todo lo necesario para acabar con mi paz espiritual de un fin de semana de verano, si no con mi vida entera, puesto que la Sra. Próspero no parece haberse tomado muy bien mi atrevimiento.

—¡Tú sí sabes quién rompió cristales! —los gritos suben de volumen y atraen la mirada de algún que otro curioso transeúnte que, por suerte o por desgracia -aún no conozco el desenlace de los acontecimientos-, no se atreve a parar—¡Te manda tu jefa Gloria!, ¿verdad? —la señora se confunde. No sólo no me manda ella sino que ni siquiera es mi jefa. Poco chismorrea esta gente o, si no, se habrían enterado de que ya no trabajo allí. Lo que dice después de esto es un misterio para mí por la forma, ya que no acabo de dominar el chino, pero hasta en plena digestión soy capaz de entender que se está acordando de la familia de alguien. Me atrevería a decir que de la de Gloria, aunque sospecho que la mía tampoco acaba de salir bien parada—¡Dile que ladrona ahora no dé problema! ¡Antes ginseng bien! ¡ahora no le gusta! ¡Antes no gustaba a nosotros! ¡Ahora no tenemos culpa! ¡Culpa suya!

Me deja allí, sola y sin entender palabra de lo que ha dicho. Tras una estantería aparece el Sr. Próspero y, después de comprobar que su mujer y sus gritos se han metido en el almacén, se acerca al mostrador y me mira, consciente de que no he entendido nada.

—Gloria guardaba ginseng para nosotros en su bar. Nosotros no podemos vender aquí. Una vez vino inspector y nos puso multa gorda. Gloria guardaba en almacén y nosotros vendíamos a amigos —me suena algo la historia, más que nada de haber visto cajas que yo siempre pensé que eran de rábanos, aunque no dejó nunca de sorprenderme que jamás se echaran a ninguno de los platos del Lito—. Nosotros sabíamos que Gloria vendía algunos a amigos suyos —me lanza una mirada cómplice que no acabo de descifrar. Ante mi ingenuidad, suspira—. Gran dragón de fuego dormido, ya sabes —pues no, sigo sin saber—… dragón dormido —dice bajando el brazo desde su antebrazo—… ¡Gran dragón de fuego! —y su antebrazo sube de repente, girando vigorosamente sobre la articulación del codo.

—¡Aaaaah! —ahora sí. Gran dragón de fuego, claro. Ahora entendía también aquel sigiloso tráfico de paquetitos con algunos señores que aparecían por el Lito de vez en cuando.

—¿Sí? —levanta las cejas para asegurarse—Algunos hombres necesitan, a veces, y nosotros hacíamos vista gorda porque era un favor suyo, pero última vez no era ginseng. Nosotros teníamos un encargo de amigo. No ginseng. No hacía falta a él. Jengibre chino —dice, meneando la cabeza en un gesto de fatalidad—. Muy bueno pero amigo de Gloria necesitaba ginseng y no funcionaba —me mira para asegurarse de que le sigo—. ¡Claro que no! ¡Era jengibre! ¡No hay gran dragón de fuego con jengibre! ¡Sólo garganta de fuego!

No está bien reírse de la desgracia ajena pero sólo de imaginarme la escena, con cualquiera de los habituales de los paquetitos supuestamente discretos de Gloria hartándose de jengibre ante la desesperación de ver que el gran dragón de fuego no aparecía por ninguna parte, me dan ganas de reír. Y no me corto un pelo. La risa se me escapa desde lo más profundo de la garganta, intentando camuflarla primero entre toses falsas, pero dejándola fluir libre después, al comprobar que era imposible disimular aquello. La risa cómplice del Sr. Próspero me acaba de relajar y nos carcajeamos juntos de la garganta de fuego de la pobre víctima. Cuando damos por concluida la sesión de risoterapia él añade sólo un par de frases más antes de correr a reunirse con su mujer en la trastienda.

—Ahora amigo de Gloria con alergia a jengibre en el hospital. Yo no puedo denunciar ni Gloria puede denunciar, pero sí romper escaparate.

Y se larga. Con la tontería me han dejado allí sola y nadie me ha devuelto el cambio. Me llevo tres rollos más de cinta americana para saldar la deuda. ¿Para qué querrá mi abuela la cinta americana?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo capítulo el viernes 21 de diciembre (si no se acaba el mundo, claro)

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6 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 27

    • Eso digo yo, que una cañita hay pocas cosas que no arregle o, por lo menos, mejore… y si es al solecito, mejor que mejor.
      Respecto a la abuela… si ha podido vivir sin celo gordo de ése hasta la vejez, no creo que le importe esperar un ratito más… ¿o sí?

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