La chica del lunar – capítulo 25


Un hombre bien vestido. En el Lito entraban con cierta frecuencia algunos de esos. Con traje y corbata. Abogados estirados, en su mayoría, engominados, algunos de ellos, y con cierta educación a la hora de dirigirse a los demás mortales, los menos. Fernando mismo había formado parte en su día de los dos primeros grupos, antes de convertirse en un abogado defensor de las causas justas y al que, por lo tanto, ninguna falta le hacía ya engominarse los cuatro pelos tristes que le atravesaban la calva desde la parte alta de la frente -muy, muy alta, a más de medio camino desde las cejas a la coronilla-, ni llevar traje ni, mucho menos, lucir ese reloj de imitación de marca cara que daba el pego ante cualquier profano en el oficio de la relojería. Podría haberse tratado de cualquiera de ellos aunque, hasta donde yo había podido ver mientras estuve trabajando allí, ninguno consiguió nunca alterar a mi jefa, como parecía ser el caso que nos ocupaba. Y no por no haberse empleado a fondo; el perfil medio correspondía un hombre de mediana edad, maleducado, machista, prepotente y, en cualquier caso, desagradable. Poco le importaba todo esto a ella mientras pagaran, cosa que, desgraciadamente, todos solían hacer. Toda su relación con ellos se limitaba a poner la mano a la hora de cobrar. Para todo lo demás ya estaba yo.

—¿Un abogado? —la probabilidad de que se tratara de uno de ellos es elevada, dada la concentración de despachos y bufetuchos en la zona.

—No, no —responde el portero, quien, como yo, reconoce a un abogado al primer golpe de vista. No es un colectivo que despierte muchas simpatías en ninguno de los dos, en su caso porque suelen seguir la estela del mocho mojado como Dorothy el camino de baldosas amarillas; no importa lo escondido e inaccesible que esté el último rincón fregado y húmedo, siempre hay un abogado que encuentra la manera de llegar hasta él y ponerse a pasear de lado a lado del mismo, sin salirse de los bordes, mientras mantiene al teléfono alguna importante conversación con algún colega del gremio.

—¿Vendedor de seguros? —niega con la cabeza—¿representante de bebidas alcohólicas? —tampoco—¿de café? —misma respuesta. Se me acaban los colectivos trajeados.

—Era un chico joven. Rubio.

—¿Un mormón? —raro verlos desparejados, son como la Guardia Civil del lejano oeste, sin tricornio ni bigote pero armados hasta los dientes con una Biblia y bolígrafos en el bolsillo de su camisa blanca e impoluta. Eso y una gran sonrisa.

—Que no —el portero se impacienta ante mi empeño en despojar al hombre desconocido de su halo de misterio al embutirlo como sea en alguno de los subconjuntos de clientes que solían poblar el bar de mi antigua jefa enfundados en un traje—. Éste era diferente. Había una maldad distinta en sus ojos. Más sincera.

—¿Un tío muy flaco? —decido no perder más el tiempo y asegurarme de que, tal y como apuntan todos los indicios, se trata del Chungo. El portero asiente—¿Con el pelo largo?

—Llevaba una coleta baja. Baja y pobre. No me gustan los hombres con coleta. Menos aún si tienen cara de ratón, como éste. No me gustan, no me gustan.

Una insistente vibración en mi bolso, seguida de una melodía que jamás debí haber escogido para el móvil, me lleva a interrumpir la opinión del portero sobre los hombres con coleta y cara de ratón. Es Fernando. Me alejo unos pasos y contesto a la llamada.

—Ya está —es toda su respuesta a mi saludo.

—¿Ya está, qué? —soy su secretaria, su asistente personal -aunque no lo ponga en ninguna parte- y el conejillo de indias que prueba cada una de sus nuevas recetas, pero no creo que la telepatía sea un don necesario para desempeñar ninguna de esas labores, por lo menos no si hay un poquito de colaboración por la otra parte. Qué menos que luchar un poco contra esa tendencia del ser humano a la economía del lenguaje, que para algo tenemos cuerdas vocales. Vamos, digo yo.

—Me ha llamado Alfonso.

—¿Quién?

—Mi amigo Alfonso. ¿No te acuerdas? Comió con nosotros el primer día. El día de… —sí, sí, el día del guiso de arroz. Lo recuerdo.

—¿El Chungo?

—El mismo. Que ya ha cumplido.

—¿Que ya ha cumplido? ¿Y en qué ha consistido la venganza, si puede saberse? —a ver si ha hecho algo más, aparte de lo que me ha dicho el portero, porque si no, además de fría, esta venganza me sabe más bien sosa.

—Ha hablado con Gloria —sí, sí, ya lo sé, pero ¿para qué?—Ahora le toca mover ficha a ella.

—Bueno, ya lo ha hecho. Ha ido a ver a mi tía y le ha dicho que, por su parte, no había problema en mantener el cerramiento de su terraza y, lo que es más asombroso todavía, que si quiero volver a trabajar para ella no tengo más que decirlo. Con contrato —el silencio se hace al otro lado de la línea. Intuyo que Fernando me ha cogido cariño y no le hace ninguna gracia la propuesta de la bicha—. No voy a aceptar, por supuesto.

—¡Ésa es mi niña! —no me equivocaba. Y no negaré que me alegra oírle decir eso, ni tampoco que no he podido evitar el dejar de sentir aquella antipatía profunda que me llevó a servirle un fatal chute de cafeína como venganza a la mala educación de su antiguo yo.

En fin. Se confirma que el hombre misterioso no era otro que el Chungo pero, si mi ex-jefa ha sucumbido a sus amenazas, chantaje o lo que sea, y ha movido ficha, tal y como dice Fernando, ¿por qué ha cerrado el bar? y, sobre todo, ¿por qué se ha dado a la violencia gratuita? ¿al gamberrismo más despreciable? ¿al vandalismo salvaje?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la siguiente entrega el viernes 7 de diciembre

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