La chica del lunar – capítulo 24

—¿Enterarme? —le echo teatro al asunto, que no sospeche que tengo información al respecto, aunque sea poca—¿de qué?

Me mira con desconfianza, como si no me acabara de creer. Nunca se me ha dado bien actuar y todo el mundo me ha pillado siempre en mis mentiras. La causa de ambas cosas es que soy, por lo general, bastante sincera, así que, como he mentido mas bien poco, me han descubierto pocas veces y no me he ganado una fama de embustera demasiado importante. A ver si la suerte está hoy de mi parte y consigo colársela al portero, que me mira de soslayo, sopesando cada detalle de mi expresión en un intento de averiguar si realmente no sé de qué me está hablando.

—¿Qué? ¿de compras? —pregunta trampa. Por suerte, los dos euros que me he gastado en comprar una cinta americana que no necesitaba para nada parece que, después de todo, sí que van a haber estado bien empleados.

—Sí —respondo agitando la bolsa—. He comprado esto porque tengo que —¿para qué se usa la cinta americana, aparte de para remendar escaparates?—… tengo que —yo sólo la he visto utilizar en las películas para amordazar a gente, no sé qué podría hacer yo con ella—… pegar una cosa.

—Ya —no parece muy convencido con mi explicación pero, al fin y al cabo, ¿a él qué más le da?; ha venido a chismorrear, su razón de existir, y no va a dejar que nada le estropee su plan de tarde—. ¿No has visto cómo les han dejado el escaparate a los chinos?

Me giro en la dirección en que señala su barbilla.

—Sí. Ya lo he visto —respondo con indiferencia—. El barrio está fatal, ¿eh? Cada vez peor —lo mejor es alimentar su sed de cotilleo; seguro que está deseando ponerse a despotricar de quién sea. A ver a quién le va a tocar esta vez.

—No —dice en un susurro mientras vuelve a posar su mano sobre mi antebrazo. Echa una mirada furtiva a su alrededor y se me acerca un poco más—. Esta vez no han sido los de siempre —ya sabía yo que la mejor opción era hacerse la tonta—. Ha sido la bicha.

—¿Cómo? —no salgo de mi asombro ante la afirmación del portero.

—Sí —dice haciéndome un gesto para que baje el tono—. Gloria. Tu antigua jefa.

—Sí, sí. Ya te había entendido —asiente mientras me mira atentamente desde detrás de sus gafas metálicas, los ojos brillantes de emoción al poder dar noticias frescas sobre las malas acciones de otra persona. Es más bicha el portero que mi ex-jefa—. Sólo que no me imagino a mi jefa rompiendo cristales por ahí con un bate de béisbol —el portero ladea la cabeza.

—¿Un bate de béisbol? —demasiada información. Ya me he colado y me ha pillado de lleno— ¿Cómo sabes tú eso? —le he chafado los detalles sobre el asunto y mucho me temo que eso sí que no me lo va a perdonar. Son siempre la parte más suculenta a la hora de explicar una historia. Seguro que había planificado ya cómo me los iba a contar, dándole mucha emoción al asunto. El pánico se hace patente en mi cara.

—Bueno —improvisar y actuar al mismo tiempo; demasiado para alguien que no sabe ni mentir ni actuar—… ¿con qué más se rompen los escaparates? Para eso están los bates, ¿no?

—Que ya has hablado con el chino, vamos.

—Pues sí —ya no tiene sentido seguir mintiendo. A menos que quiera seguir hundiéndome en el barro hasta desaparecer.

—¿Y qué te ha dicho? —no parece excesivamente disgustado, quizás porque ahora es él el que va a recibir información fresca de primera mano.

—Que ha sido un gamberro racista.

—¿Un gamberro racista? —la emoción vuelve a hacer brillar sus ojos—¡Ja! —le he vuelto a dar pie para que me explique su versión y eso ha eclipsado a mi pequeña mentira—¡Ha sido Gloria! —se encoge al darse cuenta de que ha hablado demasiado fuerte y vuelve al susurro— La he visto con mis propios ojos. Ella no lo sabe, claro, pero vi perfectamente cómo salía de su coche la otra noche. Al principio no la reconocí porque iba disfrazada. Se había vestido de chico, con ropa muy ancha. Lleva unos vaqueros y una sudadera —hizo una breve pausa para recordar más detalles—. ¡Ah! ¡Y una gorra! ¡Y unas gafas de sol! —si con aquello pretendía pasar desapercibida en una noche de verano, desde luego, no lo había conseguido—Luego se acercó al bazar, hizo la pintada sobre la puerta, rompió las lunas y volvió a meterse en el coche para salir pitando.

—¿Pintada? —el Sr. Próspero no me había dicho nada al respecto.

—¿No te lo ha dicho el chino? —parecía extrañado—Había una pintada con spray en la puerta de entrada: «CHINOS FUERA».

Muy original, desde luego, no era el mensaje. Pero sí efectivo a la hora de simular un ataque racista, aunque ¿quién se mete con los chinos? Habiendo un colmado paquistaní en la esquina de enfrente y un locutorio sudamericano sólo un poco más abajo en la calle el asunto era bastante curioso. Solían ser los primeros en recibir y, en este caso, nadie les había atacado.

—Pero, ¿por qué iba ella a hacer algo así? —el portero volvió a sonreír. Aún tenía más material.

—El otro día recibió una visita —¿una visita?—. De un hombre —¿un hombre? ¿mi jefa?—Un hombre bien vestido. Llevaba traje y corbata. Algo pasó entonces; Gloria estaba alterada después de que se fuera.

¿Un hombre bien vestido? ¿Con traje y corbata? ¿El Chungo? No, no podía ser…

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee el próximo capítulo aquí el próximo viernes 30 de noviembre.

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