La chica del lunar – capítulo 23

Mi tía tampoco entiende nada de lo que está pasando, así que no protesta demasiado cuando la dejo frente al portal de casa recuperándose de la carrera con la única excusa de ir a investigar por mi cuenta el asunto. Dice que aprovechará para ver a mi abuela, que, a base de gazpachos y tortillas, ha conquistado mi estómago y, con él, mi corazón y, lo que más le interesaba, su derecho a recuperar una parte de su piso, en concreto la que ha sido siempre su habitación, relegándome a mí al cuarto del fondo. El fin justifica los medios, por dulces que estos sean, y, con ellos, la tripa que estoy echando desde que todas mis comidas tienen dos platos y postre.

Estoy tan intrigada por averiguar qué se cuece por mi antiguo barrio de trabajo y qué pintan los chinos en todo ello que en vez ir andando, como siempre, decido tirar la casa por la ventana y plantarme allí en metro, que tengo trabajo con contrato y todo. Un día es un día.

Llego al barrio en un santiamén. Todo está como siempre, con la excepción del Café Lito, cerrado a cal y canto, y del Bazar Próspero, que tiene las lunas rotas y remendadas con cinta americana. A duras penas dejan ver una parte de la sección decoración, que queda coja y deslucida a falta de esos objetos que, pese a ser nombrados adornos, fueron creados con la única finalidad de alterar el buen chi de cualquier hogar. A la izquierda del boquete central del escaparate quedan visibles los jardines zen y, a la derecha, un gato dorado saluda sin descanso al mundo exterior en un intento de llamar la atención de algún transeúnte que lo rescate y se lo lleve de aquel horrible sitio. Del Sr. Próspero apenas asoma la cabeza tras el mostrador, tal es su abatimiento, sentado con los hombros caídos sobre un taburete de plástico. ¿Qué le digo yo a este hombre para sonsacarle sin levantar sospechas?

—Hola —no es muy original pero puede que funcione.

—¡Hola! —el Sr. Próspero me responde poniéndose en pie de un respingo y dedicándome su mejor sonrisa. De momento voy bien.

—Quería —miro a mi alrededor en busca de algo que, puestos a tener que comprar, necesite o, por lo menos, no sea muy caro—… quería… —me mira expectante pero manteniendo la sonrisa ante la perspectiva de una venta—¡cinta americana! —digo por fin, mirando hacia el remiendo del escaparate.

—¡Ah!

—Es resistente, ¿no? —señalo ya sin disimulo a la que mantiene la luna más o menos de una pieza.

—Sí, sí; muy resistente. Mira —ahora es él quien me muestra el apaño de los cristales.

—Ya veo, ya. Por cierto, ¿qué ha pasado?

Aquí la cosa se tuerce y el Sr. Próspero comienza a ser poseído por la mala leche que le produce el recordar lo sucedido. Desconozco si usa el mandarín o el cantonés pero entiendo perfectamente lo que está diciendo. Si el lenguaje del amor es universal el del cabreo no lo es menos. Vuelve en sí tras un par de frases y decide ponerme al corriente de los hechos con un breve resumen más políticamente correcto que la sarta de barbaridades que acaba de salir por esa boquita suya.

—Gamberro de barrio. Ataque racista con bate de béisbol. Mira —y señala un bate que descansa tras el mostrador, apoyado contra una estantería ocupada por mecheros, relojes y gafas de sol.

—¿Gamberro de barrio? —repito. El Sr. Próspero asiente con convicción—¿No mafia china?

Abre los ojos como platos.

—¡No! ¡No! —mira alrededor para asegurarse de estar fuera de peligro—¡Mafia china no! Mafia china —reproduce el gesto de cortar el cuello—. Gamberro racista —yo permanezco quieta sin entender por qué mi ex-jefa se iba a inventar toda la historia de la mafia sin ningún motivo—Cinta americana, ¿sí? —me extiende un rollo—Muy resistente.

Salgo de allí entendiendo todavía menos las cosas que cuando entré y con dos euros menos y un rollo de cinta americana que no necesito para nada. De repente, una mano me agarra del brazo derecho.

—¡Niña! —me repongo del susto y veo que se trata del portero de la finca del bar— ¿ya te has enterado?

No va a hacer falta tirarle mucho de la lengua para ponerme al día. La cuestión es si me conviene decirle lo que sé y dejo de saber al respecto. Al fin y al cabo, no sé del lado de quién estará este hombre, ¿de mi ex-jefa? ¿del chino? ¿del gamberro racista?

Vota en la encuesta cómo quieres que continúe la historia y lee la continuación aquí el viernes 23 de noviembre.

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7 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 23

  1. Buenas,

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