La chica del lunar – capítulo 22

Hace ya una semana que el Chungo desapareció de nuestras vidas con su cucurucho de porras bajo el brazo. El pintar se acabó pronto; es lo bueno que tienen los pisos pequeños, que compensan la falta de espacio con la rapidez con la que se acaba cualquier tarea en ellos: se pintan rápido, se limpian en un rato y, a menos que estén habitados por el mismísimo Diógenes, no permiten acumular muchos trastos. Finiquitado el asunto de la brocha se acabó el ejercicio físico en lo estrictamente profesional y los churros y los guisos de Fernando habrían comenzado a aposentarse en mi trasero como borracho de codo en barra si no fuera porque Roberto, el vecino de abajo, profesor de salsa de abuela cubana y oriundo de La Seu d’Urgell, ha tomado por costumbre utilizarme como dancing partner, como él mismo me llama. En realidad, mi cargo se corresponde más con el título de «ejemplo viviente», por supuesto, de lo que no tienen que hacer sus alumnos a la hora de bailar si quieren evitar el ridículo.

Ya casi me había olvidado del dichoso Chungo y empezaba a preguntarme por qué le llamarían así cuando, a la vista estaba, era, además de un guarro (sobrenombre por el que estoy segura que también debe de ser conocido), un blando o un vago, puesto que si no no se explicaba que siete días después de encargarle la venganza de mi ex-jefa siguiéramos sin tener aquellas noticias suyas que él mismo nos había prometido. Ya casi me había olvidado, repito, pero, estando a punto de entrar en el portal de casa de vuelta de una dura jornada de trabajo, me llama la atención la figura de una mujer que se acerca corriendo desde la lejanía. A una velocidad considerable, a juzgar por la rapidez con la que aumenta de tamaño a medida que pasan los segundos. En la mano agita un periódico. Mi tía, la loca.

Llega resollando como un caballo asmático. Como no puede articular palabra sin riesgo de ahogamiento señala enfática y repetidamente una noticia en el periódico gratuito del barrio que, si no deja de mover, me va a ser totalmente imposible leer. Se lo arranco de las manos para enterarme de una vez de lo que sea que quiera decirme. «La mafia china siembra el terror entre los comercios del vecindario». ¿Los chinos? Mucho me extraña. En cualquier caso, ¿por qué se ha pegado mi tía semejante carrera para enseñarme esto? La miro con cara de no entender nada. En su desesperación por no ser capaz de explicarse de viva voz insiste en aporrear el periódico hasta casi tirarlo al suelo. Vuelvo a mirar y reconozco, por fin, algo que llama mi atención: la foto del artículo no es otra que la de la persiana del Café Lito cerrada a cal y canto. Sigo leyendo:

G.M., propietaria de un negocio de hostelería, se ha visto obligada a cerrar su local debido a las presiones de una organización criminal asiática que pretendía hacerse con su restaurante. Ante la negativa de la propietaria a la propuesta de compra de su negocio por parte de la banda a un precio ridículo, los malhechores, que, según G.M., planeaban hacerse con el control comercial del barrio, amenazaron con quemarle el local si no se dejaba convencer por las buenas. Viendo que no daba su brazo a torcer, destrozaron el bazar chino de la esquina, tras lo cual volvieron para exigirle una cantidad de dinero a cambio de su protección, oferta que había declinado el dueño del bazar, al que ya veía cómo le había ido. «Ya no puedo más», nos dice entre lágrimas G.M., que, por miedo a represalias, prefiere permanecer en el anonimato, «¿adónde vamos a llegar?».

Pues sí, parece que El Chungo no era un apelativo gratuito después de todo. Pero, ¿qué pintan los chinos en todo esto? ¿son amigos del Chungo? ¿le debían algún favor? ¿o realmente está siendo el barrio víctima de una oleada de violencia y extorsión asiática? Y, sobre todo, ¿por qué tanto interés en un bar de mierda como el Lito?

Mi tía empieza a recuperarse y consigue decirme, no sin dejar de jadear, que Gloria (G.M.) ha ido a verla a su casa (es decir, ha cruzado el rellano, en zapatillas y todo) para decirle que, por su parte, no solo no había problema en que mantuviera el cerramiento ilegal de su terraza sino que iba a interceder a su favor en la próxima reunión de la comunidad de vecinos para que se archivara la causa. En la escalera de mi tía son así, no tienen ni puñetera idea de lo que dicen pero, oye, por lo menos, que suene bonito y elegante, aunque no tenga sentido. Así pues, parecía que «la causa» tenía los días contados y mi tía iba a poder descansar por fin tranquila sin temor a las represalias de su vecina la bicha ante cualquier cosa que pudiera molestarla. Me cuenta también que le ha pedido que me pregunte si quiero volver a trabajar en el Lito, con contrato, por supuesto.

No doy crédito a lo que estoy oyendo. ¿Me pide que vuelva? No sé si me extraña más que mi ex-jefa haya sido capaz de tragarse el orgullo de esa manera o que haya tenido la cara dura de hacerlo después de cómo se portó conmigo. ¿Por qué me pide esto ahora? ¿y los chinos? ¿no había cerrado el bar? No entiendo absolutamente nada y no creo que sea capaz de pegar ojo si nadie me lo aclara.

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