La chica del lunar – capítulo 21

Si el Chungo hace honor a su nombre no hay duda alguna de que, ahora mismo, lo único que nos separa es una puerta, gracias a la mirilla de la cual puedo asegurar, antes de conocerle, que el individuo va a conseguir impresionarme. En realidad, ya lo ha hecho. En un vistazo rápido me hago una idea aproximada, bastante acertada, me temo, de lo que me espera tras abrir la puerta. Esa melena pobre de pelos rubios, en la mayoría de los casos, a los cuales únicamente la grasa acumulada logra dotar de un cierto brillo, esa barba distribuida de forma desigual, tanto en densidad como en longitud, a lo largo de la mandíbula, y ese bigote prácticamente inexistente, salvo por una fina hilera de pelos, recortados, eso sí, perfilando el labio superior, hacen que, a primera vista, me parezca un hombre descuidado. Su extrema delgadez le da un aspecto poco saludable y su desparpajo a la hora de hurgarse los dientes con la uña del dedo meñique confirma mis sospechas de que, saludable o no, este señor lo que es es un cerdo.

El cerdo se impacienta ante mi tardanza y sin previo aviso me suelta un timbrazo a bocajarro que espero que no tenga mayores consecuencias que el grito de similar intensidad que delata mi presencia.

—¿Puedes abrir, por favor?— Fernando se hace oír desde la otra punta del piso.

Abro la puerta. El cerdo, como era de esperar, lleva puesto el uniforme de marrano, con su camiseta de tirantes con lamparón a juego con el de los pantalones. Unas uñas demasiado largas asoman tras los bajos acampanados de estos.

—Hola —muevo los labios pero, en realidad, ningún sonido sale de ellos.

—Buenos días —saluda educadamente, con dicción perfecta y pose digna de un mayordomo inglés—. Tengo una cita con el Sr. Paneque.

No tengo ni idea del apellido de Fernando ni, mucho menos, de si quiero que este personaje pase de la puerta.

 —Disculpe —dice por fin, viendo que no me decido a preguntar—. No me he presentado. Mi nombre es Alfonso Cuerda.

Extiende su brazo derecho, ofreciéndome la mano al tiempo que me muestra, con una sonrisa, los dientes que se ha estado hurgando con ella. Intento pensar en cosas bonitas mientras sostengo el encaje de manos y le hago pasar al salón.

—¡Fernandito! —exclama, abriendo los brazos. Me alegro de no estar en la piel de mi jefe. Después de aporrearse las espaldas en señal de cariño y estima llega para mí la hora de las presentaciones. Por suerte, Alfonso se da por satisfecho con el encaje de manos de antes y no hay entre nosotros más contacto que el visual.

—La comida está lista —anuncia Fernando. Excusa perfecta para lavarme las manos, después de tocar a Alfonso, hasta borrarme las huellas dactilares. Cuando llego a la cocina están los dos sentados a la mesa. La comida está servida; sólo falto yo.

—Entiendo —dice el Chungo. Al parecer, Fernando le ha estado poniendo al corriente de la situación para poder llevar a cabo nuestros planes de venganza—. Necesitaré conocer todos los detalles sobre el objetivo.

—Sobre tu ex-jefa —aclara Fernando.

Le explico su vida y milagros, empezando por su odioso carácter, siguiendo por su afición por maltratar al prójimo y agarrarse a la más mínima debilidad de cada uno para abusar de él y concluyendo con todas las habladurías, críticas y rumores que, a través del portero, me han llegado sobre ella. No dejo tampoco de explicarle la relación que la une a mi tía y el chantaje que ésta sufre por su parte con respecto al cerramiento de su terraza, única razón por la que he soportado durante tanto tiempo una situación laboral tan injusta. El Chungo se limita a asentir tras cada una de mis aportaciones, sin dejar de comer a ritmo ágil y constante con la mirada fija en el plato.

—¿Hay postre? —alcanza a preguntar, por fin, después de acabar yo de hablar sobre “el objetivo” y él de comerse el arroz.

Fernando se disculpa diciendo que no ha tenido tiempo de preparar la tarta que tenía pensada pero que, si quiere, quedan porras del desayuno, aunque están frías. Al Chungo le parece perfecto. Rechaza el café argumentando que le mancha los dientes y se lleva puestas las porras, que, por lo visto, tiene prisa.

—Tendréis noticias mías —es su frase de despedida. Tras ella, desaparece por la puerta de la cocina con un cucurucho de porras bajo el brazo.

Vota cómo quieres que continúe la historia. Lee aquí la siguiente entrega el próximo viernes 9 de noviembre.

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8 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 21

  1. “el cucurucho de porras bajo el brazo” Me ha venido la imagen de esos hombres que salen a pasear cada mañana y de paso compran el pan y se lo ponen bajo el brazo, 😦
    Esta semana has dado pocas pistas, así que tiro por el camio del medio jeje

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