La chica del lunar – capítulo 20

Fernando está en algún lugar muy lejano al que el nombre de su querido amigo le ha llevado. Mira fijamente la horrorosa lámpara del techo que, quizás por eso mismo, por fea, se ha librado de ser envuelta en un plástico translúcido, como todo lo que nos rodea, y permanece allí, desprotegida, desafiando con su inmaculada fealdad a las salpicaduras de pintura. Mi jefe juguetea con los bajos de sus bermudas, absorto en lo que sea que esté pensando.

—¿Qué Alfonso? —repito.

—¿Habrá arroz para tres? ¿Tú qué crees?

—Hombre —la respuesta es, claramente, afirmativa. Hay arroz para tres. Y para cinco, si quiere, también, si podemos aprovechar aunque sólo sea la mitad de la olla que, calculo, habrá sobrevivido a la alegría de los fogones después de que se pasara el guiso. La cuestión es, más bien, si me apetece que invite a alguien a comer, teniendo en cuenta que no llevo más que una camiseta larga. De marca, cierto, pero totalmente impresentable para un extraño—… sí, claro. Pero si va a venir, avísame, para vestirme de persona normal.

Se ríe. Se ríe mucho y, por fin, me da una palmadita en la rodilla.

—¡Hay que ver cómo sois las mujeres! —no doy crédito al comentario de Fernando, ni por su generalización sobre el sexo femenino ni, mucho menos, por haberme incluido a mí en el cliché de la mujer esclava de su coquetería; mi madre siempre dice que parezco un espantapájaros—Tú tranquila, que yo te aviso, pero ya te digo que por Alfonso no tienes que preocuparte…

—¿Por?

—Ya lo verás. Es un personaje, ¿cómo lo diría? —pregunta teatralmente, volviendo a buscar inspiración en la lámpara—… peculiar. Su aspecto es —nueva pausa—… ¡peculiar! —repite, encogiéndose de hombros.

—Lo pillo. Es Alfonso “el peculiar”, ¿lo adivino?

—Podría serlo, pero no; todo el mundo le llama “el Chungo” —puso cara de interesante al decir esto último.

El Chungo. Supongo que todo abogado conoce a uno de estos, ¿para qué, si no, están los abogados? Chungos de barrio, chungos de despacho, chungos perturbados mentales, chungos a secas… y para cada uno de ellos hay un abogado, como hecho a medida, especialista en defender aquello a lo que el chungo en cuestión tenga por costumbre dedicarse, ya sea esto romper farolas o desfalcar sociedades, pasando por asesinar en serie a sangre fría a cualquier colectivo al que el tipo en cuestión tenga ojeriza. Claro que, habiéndose dedicado Fernando a los divorcios, no sé muy bien a qué categoría de chungo puede pertenecer nuestro hombre. Digo yo que, pasándose media vida en el juzgado, punto de encuentro de toda clase de chusma, y con ese nombre, lo más fácil es que se trate de un ratero miserable al que no le importe ensuciarse las manos por dos duros. O eso, o un psicópata asesino deseando recibir un encargo de este tipo por puro placer.

—Y —me arranco en un intento de averiguar con qué clase de espécimen voy a compartir mi guiso de arroz—… ¿nos va a cobrar mucho?

Fernando me mira extrañado.

—No, claro que no —respiro aliviada porque, no sé él, pero una servidora no tiene ni un duro—. Nada.

Mi suspiro de alivio se corta en seco y retengo el aire que quedaba aún por salir en mis pulmones. Nos saldrá gratis pero no estoy segura de querer asociarme con alguien que se dedique a llevar a cabo venganzas ajenas por hobby.

—¿Nada? —pregunto sin saber muy bien por qué.

—No —responde y carraspea sonoramente—. Me debe un favor.

Dicho esto último, se levanta del sofá, marca un número de teléfono en su móvil y se enciende un cigarro mientras espera que respondan al otro lado.

—¿Alfonso? —le oigo decir por fin en su camino hacia la cocina.

Paseo como un león enjaulado por la limitada zona transitable del comedor. ¿Dónde me he metido? Fernando no tarda en colgar de nuevo el teléfono.

—Vete arreglando ya —dice nada más salir de la cocina—. Está por la zona. Llegará en diez minutos.

Me encierro en el baño para recuperar a la Laura de siempre y, tras meterme en mis vaqueros y mi camiseta, vuelvo a ser yo misma. Llaman a la puerta. No veo a Fernando por ninguna parte. Vuelven a llamar, esta vez con insistencia. Me asomo a la mirilla… ¡Dios!

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