La chica del lunar – capítulo 18

Después de escuchar el culebrón radiofónico, la pintura del rodillo está más seca que el desierto de Arizona. Ha formado una costra en la superficie y guarda más parecido con el tronco de alguna extraña especie de árbol blanco que con cualquier herramienta de bricolaje. Cuando oigo las llaves de Fernando en la cerradura de la puerta, un acto reflejo, tan inesperado como absurdo, me hace girar sobre mí misma y ponerme a pintar como si me fuera la vida en ello. En el estado en que se encuentra la pintura lo único que consigo es estucar la pared, distribuyendo pegotes de pintura seca allá por donde paso.

—Laura.

Fernando hace ya unos segundos que ha abierto la puerta, aunque permanece aún debajo del marco de ésta, mirándome mover el rodillo arriba y abajo frenéticamente.

—¿Sí? —respondo distraídamente, como si no le hubiera oído llegar y justo reparara en su presencia. Ridículo, sí, pero mi cuerpo no siempre se rige por la misma lógica aplastante que mi cerebro, lo cual es un gran impedimento a la hora de llevar una vida mínimamente ordenada, no digamos ya satisfactoria, sobre todo en lo que a mis relaciones sociales respecta.

—Tenemos que hablar.

A mí no me hace falta ni una pareja para ponerme a temblar al escuchar esta frase. Me preparo para finalizar la etapa laboral más breve de mi vida y quién sabe si también de la historia de la humanidad; intuyo que mi recién estrenado jefe supone, ayudado por mi estelar intervención radiofónica, que soy tonta rematada, ya que, aunque las tareas que me ha asignado hasta el momento no requieren una especial inteligencia, el espontáneo estucado con el que le estoy decorando el despacho hace dudar a cualquiera de mi capacidad y no puede sino confirmar sus sospechas.

Se sienta en lo que deduzco que es un sofá, puesto que no lo he visto sin el plástico blanco que lo recubre, y da unas palmaditas sobre el asiento para indicarme que le acompañe. Sin soltar mi rodillo me dirijo hacia allí.

—Te lo iba a decir antes o después —empieza diciendo—, ya que no sólo no es ya ningún secreto sino que es a ti a quien debo mi nueva vida.

—Sí, sí; ya me lo dijiste. Lo que no sabía era que era tan nueva —especial protagonismo para el tan, que enfatizo subiendo sensiblemente el tono de voz—. No me extraña que te diera un infarto con tanta novedad junta: dejas al mismo tiempo a tu mujer y a tu amante, cierras el despacho y sales del armario. Guárdate algo de acción para el resto de tu vida, que aún eres joven para morirte.

Se toma a guasa mi comentario, suelta una risotada y se queda visiblemente más relajado. Me contagio de su estado; esto no tiene pinta de acabar en despido.

—Bueno, no tan joven, no tan joven —me guiña un ojo pero no me aclara su edad, así que sigo sin poder ubicarlo con precisión en algún punto concreto entre los cuarenta y los cincuenta años—. De todas maneras, la salida del armario no ha sido una consecuencia de todo lo demás, sino más bien al contrario. Intenté convencerme de que el problema era mi mujer o, mejor dicho, mi relación con ella. De que lo que necesitaba era otra mujer que me hiciera sentir vivo en mi relación —niega con la cabeza—. Pero no. La relación que me ha hecho sentir realmente vivo no se ha consolidado todavía, aunque mis sospechas tengo de que está a punto de hacerlo, y lo va a hacer con la persona más inesperada.

—¿Roberto?

Se mea de risa al oír mi pregunta.

—¿Roberto? ¡Qué dices! Qué va, qué va…

Levanto las cejas en un gesto que pretende dar pie a que me desvele de una vez quién es el Romeo que le ha hecho cambiar su vida de arriba a abajo cuando menos lo esperaba.

—Teníamos una venganza pendiente, ¿verdad?

Sonríe maliciosamente. ¿Venganza? Como no se refiera a mi ex jefa no sé de qué me está hablando, pero ¿qué puede tener ella que ver en todo esto? Nada, seguro. ¿O sí?

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