La chica del lunar – capítulo 15

No es una voz que haya escuchado un par de veces. La he escuchado hablar enfadada, la he escuchado hablar contenta y, sobre todo, la he escuchado con ganas de darle en la boca con la mano vuelta, de lo cual le ha salvado el hecho de ser, normalmente, una servidora tremendamente pacífica más allá de las paredes de su cráneo, que hacen de frontera natural entre el mundo real y el que a una le gustaría que fuera. ¡Cuántos conservan sus dientes gracias a ese centímetro escaso de hueso que separa a mi verdadero yo de sus cobardes acciones! En fin, si de algún modo no he escuchado nunca hablar a aquella voz es, precisamente, como en este momento. La voz está asustada, titubea y apenas suena con la fuerza suficiente como para poder ser oída con claridad.

—Perdona, Piscis, ¿puedes acercarte un poco más al teléfono para que te podamos oír mejor?
—¡Sí, sí! —el nerviosismo de la voz aumenta y carraspea a un volúmen tan inhumano que distorsiona. Justo igual que hace Fernando siempre que tiene un micrófono a mano, lo mismo le da que se trate del teléfono o del interfono; cualquier oportunidad es buena para dejarte sorda—Perdona, sí. Ejem —por si había sobrevivido algún tímpano entre la audiencia, vuelve a atacar—. Llamaba por el amor.
—Perfecto, Piscis. A ver —hace una pausa mientras va echando cartas sobre la mesa—… veo que llevas mucho tiempo solo…
¿Cómo? Si aún está fresca la tinta de la firma de su divorcio. Espero que, por lo menos, la llamada haya sido gratuita y no le estén cobrando con taxímetro la tomadura de pelo.
—¡No, no! ¡El amor de mi amigo!
—¡Ah! Es verdad —dice la vidente—, que llamabas para preguntar por otra persona… —me parece oír una risilla ahogada, pero viniendo de semejante trasto no me atrevo a asegurarlo. Mientras recoge la tirada de cartas y se vuelve a preparar para la de su amigo, la vidente sigue hablando, no tanto por interés en la vida de Fernando como por evitar los silencios en el programa—Y dime, Piscis, ¿qué signo es tu amigo?
—Piscis.
—Anda, ¿cómo tú? —como si hubiera tantos signos. Digo yo que tampoco es una casualidad tan asombrosa.
—No, no; yo soy capricornio, que soy de agosto.
Yo no soy muy de horóscopos pero sé perfectamente que los capricornio no son de agosto. Y no por afición astrológica, sino porque la vecina plasta de mi mejor amiga en el momento álgido de la edad del pavo lo era. Primero era plasta y después capricornio. Y si había algo de lo que estaba orgullosa era de haber nacido la noche de Reyes porque, según decía, tenía el doble de regalos. Yo pienso que sería más bien al revés y que por una cosa o por otra acabaría teniendo, a lo sumo, uno o dos regalos más que cualquier otro niño, y que, con una sencilla división, cualquiera podría ver que le tocaban menos regalos por celebración que a los demás. Pero la muchacha era más capricornio que inteligente. Mucho más, ya que calculo que la inteligencia no debía de llegar hasta unos ocho adjetivos después. Puede que nueve.
La adivina sabe tan bien como yo, seguramente por otros medios, que Fernando está equivocado. De ahí su silencio hasta que, por fin, decide sacarle de su error.
—Pero Piscis —responde, golpeando la mesa con el borde de la baraja de cartas—, entonces tú no eres capricornio; eres leo —menos mal que llamaba por el amor y no por una crisis de identidad—. Puede que virgo —lo dicho.
—Ay, no sé —se defiende Fernando—. Es que yo no creo en estas cosas.
Esta vez sí que se cuelan unos segundos de silencio a la vidente. Finalmente hace la pregunta que todos nos hacemos.
—¿Y por qué has llamado?
—Porque mi amigo no lo haría.
—Ah —la voz de la adivina encuentra rápidamente una explicación lógica a los hechos—, que es tímido —se adivina una sonrisa al final de la frase.
—No. Es que tampoco cree —si la vidente cobra al mismo precio los silencios que la cháchara, desde luego, está haciendo un buen negocio—. Querría saber si le va a ir bien con una persona que acaba de conocer.
—Vamos a ver —vuelve a echar las cartas—… es una persona que ha conocido a través de un amigo común, ¿verdad?
—No, no —la mujer está en racha—. Es del trabajo.
Ay. Miedo me da el “amigo” de Fernando y su “persona del trabajo”. Pero, bien mirado, a mí hace mucho que me conoce. No puedo ser yo. ¿O sí? Él ha cambiado radicalmente y yo no había cruzado con él más de dos frases seguidas hasta ahora. ¡Ay, Dios! Que Fernando se ha enamorado de mí. A saber si he sido yo el motivo de la ruptura de su matrimonio y de su affair con su secretaria… ya decía yo que era todo demasiado bonito. El contrato que quiere este hombre es aún más indefinido que el que acabo de firmar. Para lo bueno y para lo malo. Hasta que la muerte nos separe. Y ese olor a quemado que viene de la cocina no puede sino acabar de arreglar las cosas. A hacer puñetas el guiso de arroz, con lo bueno que había salido.
Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo capítulo el viernes 28 de septiembre.

7 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 15

  1. Supongo que tendra que llamar y que se lie parda … pero a mi me está haciendo sufrir… le deseo una vida más placida y tranquila, pero que coño!!! A la mierda el arroz, la pintura y el contrato…. pero lo hago con mis mejores pensamientos.

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    • Estoy segura de que la pobre chica aprecia tus buenos deseos pero, en el fondo, sabe perfectamente que su destino es el follón a tutti pleni hasta el día que desaparezca del espacio cibernético. Nasía pa’ matar… o, por lo menos, para dar guerra… (pobre, con lo buena que es ella en el fondo…)

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