La chica del lunar – capítulo 13

Dije ya que las alteraciones en mi rutina parecían abrirme el apetito, ¿verdad? Confirmo la hipótesis. El conocimiento empírico que me da la experiencia de haberme jalado medio kilo de churros como segundo desayuno, tras las tostadas que ya traía en pleno proceso digestivo desde casa, apunta a que así era. A medio camino de la cucharada de guiso de arroz que Fernando me ofrece, doy fe de que mi teoría era válida. Y ni siquiera recuerdo haber ordenado a mi cuerpo abrir la boca e inclinarme hacia la cuchara, pero ha pasado de mí y ha actuado por iniciativa propia. La cosa es más grave de lo que en un principio parecía.

Mientras yo reflexiono sobre mi apetito nervioso y degusto esmeradamente el guiso que, pese no a ser yo muy de cuchara, ha conseguido conquistarme, Fernando se dirige hacia la puerta sin dejar de bailar. Tres breves timbrazos llevan a plantear la, a priori, razonable hipótesis de encontrarse con alguien al otro lado. De nuevo los hechos nos dan la razón. Junto a los doscientos decibelios adicionales al volumen ya excesivo de la música del vecino de abajo, al abrir, nuestros sentidos nos regalan también la visión de un chico bajo el quicio de la puerta. Le dice a Fernando algo que no alcanzo a oír y, al verme, comienza a gritar sin previo aviso.

—¿Estás fundido, men? Tremendo pollo el que trajiste y no me dijiste nada—diría que habla español, pero debo de tener la misma cara que la primera vez que fui a Londres, sin más inglés que el del instituto—… ¿y quieres especular con el baile? Esta jeva no va a fijarse en un patón como tú…

Dicho esto se me acerca. Sospecho que se ha referido a mí todo el rato pero como no he rascado bola de lo que ha dicho, tendré que fiarme de mi intuición, que estoy en racha con las hipótesis.

—¿Qué bola? —me dice finalmente, a metro escaso de mí— Bonito pulover, ¿me das una bala?

Como me mira fijamente desvío mi mirada hacia Fernando en busca de ayuda.

—Me presento, soy Wilson, profesor de casino.

Vuelvo a pedir socorro a mi nuevo jefe, que sigue bailando y riendo, haciendo más bien poco caso a mi petición de auxilio. Wilson sigue con sus ojos clavados en los míos. Unos ojos extrañamente claros para un mulato. Le dan un aire muy resultón pero claramente insuficiente para superar el rechazo que su actitud de latin lover me produce.

—No te canses, Roberto —dice por fin Fernando—. Me parece que es poco salsera.

Roberto, que resulta no ser otro que el hasta ahora conocido como Wilson, borra su exagerada sonrisa de su cara y, como si fuera un globo, de un suspiro deja escapar a su personaje; recupera la postura y la expresión de una persona normal y vuelve en su propio yo. Y deja de mirarme como si hubiera visto un ángel.

—¿Roberto? —pregunto, en un intento de averiguar de una vez quién es y qué está pasando aquí.

—Sí. Mi nombre es Roberto —con el personaje ha desaparecido también el acento cubano y, hasta el momento, soy capaz de descifrar la totalidad del mensaje.

—¿Y Wilson? ¿Es un nombre típico de Cuba?

—Lo es más Roberto pero aquí Wilson suena más exótico. A la gente le parece más cubano que mi nombre real —igual que su anterior acento, ahora desaparecido, y que ha dado paso a un marcado acento catalán—. Roberto Boixadé, ¿quién quiere un profesor de salsa de La Seu d’Urgell? —le miro, entre apenada y perpleja, aunque el tipo sea un jeta de cuidado—De abuela cubana, eso sí. Que el color es de verdad, ¿eh? —dice esto último frotándose el brazo con la mano derecha, para que vea que es un mulato auténtico—Entonces —dice por fin—, ¿seguro que no quieres aprender salsa?

Se marca un meneo de caderas como último recurso para arañar una alumna más al mundo. Niego con la cabeza. Se encoge de hombros y da media vuelta.

—Yo venía a por el CD que te dejé ayer, que tengo una alumna en casa, brode —le dice a Fernando, que ya le esperaba junto a la puerta con él en la mano—. ¡Chévere! —vuelve a meterse en su disfraz de salsero y desaparece por las escaleras.

Otra sorpresa más. Parece que el mundo se está volviendo loco a mi alrededor. Cambios, cambios; muchos cambios. Fernando me mira con una sonrisa divertida, ¿me habrá contratado para reírse? Porque no ha parado de hacerlo desde que he llegado, durante el rato que no ha pasado cebándome como a un cochino, claro. Dudas, dudas; muchas dudas. ¿Qué me depara mi futuro más inmediato?

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4 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 13

  1. A riesgo de que se pase el arroz … primero el contrato, que no están los tiempos para que la pillen pintando sin contrato, y así nos enteramos para que la contrata.
    Tornant a les rutines?? Això vol dir que les vacances i l’estiu gairebé acaben.

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