La chica del lunar – capítulo 12

rodillo

La chica del lunar se va de vacaciones en agosto, mes durante el cual no quiere saber nada de nadie y, mucho menos, de mí. Su vuelta al mundo real está prevista para el 7 de septiembre (así, a lo grande). Para celebrarlo dejaré la encuesta abierta hasta el 31 de agosto. Cabe la posibilidad de que a mí sí me veáis el pelo antes de entonces pero esto dependerá de si puedo conectarme y, para qué engañarnos, de las ganas que tenga, así que, por si no nos vemos, feliz verano a todos.

Mastico pensativamente el churro que ocupa a mis muelas en este momento, el quinto de mi segundo desayuno de la mañana; parece que los cambios en mi rutina me dan hambre. Sopeso los pros y los contras de cada posible opción o, lo que es lo mismo, en cuál de ellas se encuentra el equilibrio perfecto entre la satisfacción de mi sed de venganza y el sentido de la culpabilidad que me puede dar la lata si me paso en mi escarmiento al bicho de mi ex jefa.

Antes de poder atacar a mi sexta víctima sufro una regresión involuntaria a mi adolescencia y me planto en plena clase de filosofía. «En la mesura está la virtud». ¡Ay, Aristóteles! Qué buenos ratos pasé jugando al ahorcado con sus filosofadas de fondo. ¿Qué habrá sido de Alfonso? Con toda seguridad, el profesor más aburrido que he sufrido en la vida. Era majo pero en sus clases la mesura brillaba por su ausencia; un radical del sopor. Aun así consiguió, de puro cansino que era, que algunos de sus mensajes se acabaran acomodando en algún rincón de mi cerebro, como éste, dispuestos a esperar pacientemente la ocasión adecuada para saltar de su escondrijo como un resorte y ayudarme a conducir mi vida en la dirección adecuada. De algún otro recoveco cerebral emergió también un «conócete a ti mismo». ¡Cuánta sabiduría junta, repentina e inesperada! Y yo en plena digestión… Me conozco perfectamente y sé que, si hay algo que no soy, es una virtuosa. No sé qué tiene Fernando en mente pero, por mí, puede hacer que la mala pécora de mi antigua jefa desee no haber nacido.

Una maliciosa sonrisa eleva la comisura derecha de los labios de Fernando carrillo arriba y empuja, además, la ceja del mismo lado hasta formar tres arrugas en forma de uve invertida sobre ella. Dicho así puede parecer una mueca extraña pero os aseguro que, sólo de imaginar lo que pasaba por la mente de una persona con semejante expresión de sádico en faena, puedo sentir la felicidad fluir por mis venas. O quizás sea el azúcar de los churros.

—¡Pues hala! —dice por fin, dando una palmada y saltando de la silla—¡A trabajar!

Contra todo pronóstico, en vez de darme un afilador y un cuchillo jamonero me alcanza un rollo de cinta de carrocero.

—Empezaremos por el comedor —sigue con el brazo extendido—. Pero yo que tú me cambiaría primero.

Si algo había mencionado el día anterior al hablar del trabajo había sido, precisamente, que habría que pintar. Y lo había oído. Y, lo que es más grave, lo había entendido. Ni siquiera podría ampararme en un olvido del asunto, simplemente ni había pensado en traer ropa de faena. Empezaba bien mi primer día de trabajo. Eso le pasaba por no hacerme primero un psicotécnico.

Salgo del lavabo con un polo de marca que me llega por las rodillas. Quizás no sea lo más apropiado para pintar, teniendo en cuenta que toda la ropa que traía yo puesta no valía, en conjunto, ni la mitad que la camiseta que Fernando me ha prestado como playero-mono de trabajo. Claro que el siete que tiene a la altura de la axila hace que sea una prenda más apta para hacer trapos que para salir a la calle, así que como ropa de trabajo no sólo hace el apaño sino que me convierte en la pintora más glamourosa que se haya visto sobre la faz de la Tierra. Lástima que la cinta de carrocero con la que cierro chapuceramente el roto de la sisa, por el que corro el riesgo de perder una teta en el trasiego del pintar, me quite buena parte del encanto.

Yo tarareo en la ducha, cierto, pero tengo la delicadeza de guardarme mi falta de oído para mí y procuro no torturar a nadie con mi canto, a menos que me caiga muy mal. O Fernando no me soporta o no comparte mi planteamiento de respeto al prójimo, porque canta con todas sus fuerzas la bachata que atraviesa como si fuera de mantequilla el suelo bajo nuestros pies, única separación entre nosotros y lo que aparentemente es una discoteca salsera de horario matinal. ¿Un after hours latino? ¿Un vecino sordo? ¿Un vecino hortera? ¿Un gilipollas, en cualquier caso, vecino o no? Pronto dejan de importarme estas pequeñas cuestiones sin importancia sobre la naturaleza de sea quien sea el responsable de la música que me taladra los oídos, porque Fernando se me acerca bailando, parando al ritmo de la música para dedicar todas sus energías al berrear en los tramos de letra que conoce. El pánico se apodera de mí. Y éste, ¿qué quiere ahora? Si piensa que una es tan ligerita de cascos como su anterior secretaria lo tiene claro. ¿Será posible que no me toque un solo jefe normal en la vida? Pero, espera, ni siquiera es mi jefe todavía. Llevo aquí casi una hora y, aparte de haber recibido una sobredosis de churros y otra más que probable de estofado de arroz, ya que el bailarín intercala su cante y su danza con los soplidos a una cucharada de estofado, sigo sin saber en qué consiste mi nuevo trabajo, cuánto voy a cobrar y, mucho menos, he olido siquiera el contrato.

Se me planta delante y me ofrece la cuchara. ¿Qué hacer, por Dios?

Vota cómo quieres que continúe la historia (encuesta abierta hasta el 31 de agosto, lee la continuación el 7 de septiembre)

4 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 12

  1. Esta clarísimo Sirvi, probar el arroz. Me lo has puesto fácil jejeje
    Después del arroz estará lista para hablar de trabajo y contrato desde una perspectiva más optimista.
    Bueno no sé si a la chica le tocan muchos días de vacaciones pero el verano es tiempo de dejarse de horarios y ataduras (o flexibilizarlos lo más que se pueda) así que a disfrutar de las vacaciones.
    Fins a la tornada, un petó.

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