La chica del lunar – capítulo 11

churro

Más atónita que ella le mira una servidora. La sorpresa no me hace bajar la guardia, aún tengo fresca en mi memoria la desagradable y dolorosa sensación de sentir todos los pelos de las patillas luchando por no ser arrancados de sus respectivos folículos pilosos de manos de una loca histérica. Recibo sus buenos días con la mejor posición de guardia que mi cinturón blanco-amarillo de taekwondo me permite.

—Buenos días —respondo todavía con las rodillas semiflexionadas y mirando de medio lado a mi atacante potencial.

—Venía a traer esto a Fernando —sacude ligeramente una bolsa de plástico que lleva en la mano izquierda.

—¡Brigitte! —una voz recorre el pasillo desde la cocina. Igual que sucediera cuando entrara yo al piso, escaso minuto antes, una cabeza emerge de una puerta y saluda, de lo más simpático— ¡pasa, pasa! Estoy haciendo café…

Brigitte, para nada parecida a la famosa actriz saliendo en biquini del agua del mar -más que nada porque ésa era Ursula Andress, con la que siempre confundo a la Bardot-, no sé si por mimetismo o por convencimiento, pone la misma cara de circunstancias que sospecho que tengo yo misma. Me hago a un lado y la invito a pasar con un gesto del brazo que me queda libre, el otro sigue aferrado al pomo de la puerta.

Camino tras ella hasta la cocina. Pese a ir vestida de Brigitte, entendiendo esto último como un indicador de sofisticación, glamour y elegancia, mucho sospecho que sin ese vestido ceñido, para nada favorecedor, la señora no dejaría de ser una Concha, Remedios o María, injustamente infravaloradas por su abundancia pero separadas únicamente de  las Brigittes por un atuendo a menudo más llamativo por lo desacertado que por lo estiloso. Encontramos a Fernando sirviendo los cafés junto a un enorme plato de churros que corona la mesa de la cocina.

—Hay que coger fuerzas, que nos espera un día duro —dice, al verme la cara. Tengo la sensación de no hacer últimamente otra cosa que comer y beber—. No son torrijas pero te aseguro que en cuanto a calorías estarán ahí ahí. Los he pedido con mucho azúcar —eso es verdad. Doy fe. De las tres cosas: no son torrijas, tienen calorías a cascoporro y apenas asoman las puntas de la mayoría de ellos bajo la montaña de azúcar en la que están enterrados. Aparentemente Fernando se ha tomado muy en serio su cambio radical de actitud ante la vida y sus semejantes. No hay más que sinceridad en sus palabras Bri, coge tú también, que seguro que lo vas a necesitar.

—Supongo que no pretenderás que me quede a pintar —se apresura a responder.

—No, mujer, pero seguro que te espera un día duro en la tienda.

Boutique —aclara, mirándome directamente. Se me antoja asombrosamente parecida a mi tía Asun, orgullosa propietaria de una mercería junto al mercado, embutida en la boda de mi primo en un vestido peligrosamente ajustado. Peligrosamente para el ojo de algún invitado cercano, potencial receptor de alguno de sus corchetes en caso de estallido fortuito debido a la expansión natural del cuerpo humano, especialmente la parte superior del tronco, ante la manía que tienen algunos individuos de respirar a intervalos regulares—. Bueno, cogeré uno.

Dice esto último como quien accede a las súplicas de alguien que le pide un esfuerzo sobrehumano para algo que no lo merece. Escoge un churrito que asoma, al pie de la montaña, bajo un blanco manto de glucosa en grano. Como de los icebergs, no sabes nunca lo que puedes esperar de un churro sepultado en azúcar. Que qué churro más grande. Que como ya lo ha tocado no lo va a volver a dejar en el plato. Mucho me temo que la cosa acabe como el Titanic y el vestido termine cediendo por cualquier costura, en el mejor de los casos, a los efectos de un iceberg de churrería. Por lo menos estamos en tierra firme y, previsiblemente, no se teme por la vida de nadie.

Los churros, como todo, están mejor mojados en café. Estando mojando el segundo en la taza se levanta Brigitte, tras beberse su café hirviendo en dos tragos sin perjuicio aparente para su esófago, puesto que no sólo no le corren dos lágrimas por las mejillas sino que habla con total normalidad.

—Bueno. Yo me voy.

Se despide de Fernando con dos besos, iniciativa de él, y, de mí, con otros dos, no tanto por deseo expreso de ninguna de nosotras como por convención social que decidimos no romper para no incomodar a la otra. Sigo mojando churros hasta que vuelve Fernando de la puerta de la calle.

—¿Bri? —pregunto con el segundo bocado a mi cuarto churro viajando de muela en muela—¿Por qué no Gitte? Suena a queso— sonríe de medio lado.

—Se llama Brígida. Cualquier cosa suena mejor que su nombre real y, aunque Bri no le apasiona, lo tolera. Aprovechando que su madre trabajó en Francia en sus años mozos incorpora su influencia gabacha en tan distinguido nombre, rotulado en tipografía caligráfica junto al ya consabido término boutique en un letrero de metacrilato.

Comemos en silencio durante un par de churros.

—¿Qué? ¿Contenta? —pregunta por fin.

Le hago entender que sí, aunque, la verdad, sigo sin tener ni idea de qué me depara mi vida laboral con mi nuevo jefe. En cualquier caso no puede ser peor que la anterior. Le hago saber la última de mi ex-jefa y le recuerdo el espíritu justiciero con el que se aventuraba en esta nueva etapa en su vida. Vuelve a sonreír de medio lado. Su pregunta a mi recordatorio me plantea un nuevo dilema en mi vida.

Encuesta cerrada. Más entregas de la chica del lunar.

6 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 11

  1. Después de tanto azúcar estará hiperactiva así que castigo hiperbólico.
    Sirvi, esto va para guion de serial de tele a la española!!! En cinco hermanos siempre beben vino y aquí en todos los capítulos comen.

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    • Que malotes os estáis volviendo… (a veces las encuestas me dan miedo; antes no erais así… jaja).

      Deja que estos dos empiecen a amenizar la jornada de brocha con algo fresquito para quitarse de encima el calorcito, deja…

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