La chica del lunar – capítulo 10

Reconozco que se me pasa por la cabeza la idea de aprovecharme del sentimiento de culpabilidad de mi tía. Se siente responsable de haberme puesto en las manos de semejante bicho despiadado y de haberme presionado para no dejarle en mal lugar. Después de aprovecharse de mí y de la situación, mi jefa no tuvo ningún tipo de reparo a la hora de darme la patada para colocar a su sobrina. No sé de qué me sorprendo; es una historia que se repite a lo largo y ancho de este país desde el inicio de los tiempos. Así nos va. Finalmente me apiado de mi tía y le cuento la verdad: que, aunque no lo sepa, nos ha hecho un favor, que me han ofrecido otro trabajo y que, dejándola creer que ha ganado, la muy tonta se dará por satisfecha y no nos tocará más las narices. La terraza de mi tía está a salvo. Las cosas empiezan a ponerse en su sitio.

Mi tía se toma otra jarra para celebrarlo. En un arranque de locura me pido el sexto café del día, de algo hay que morirse. Con un litro de cerveza en el cuerpo y la alegría de las últimas noticias, acaba invitándome de motu propio; saber beber no es tan importante como saber no hacerlo. Sobre todo en algunos momentos.

00:00: De pequeña me daba miedo esta hora porque en alguna parte había oído que era la hora de las brujas. A mí las brujas plin. Los vampiros eran otra historia. Y salían a esa hora. Porque sí. Por suerte he madurado y ya no creo en esas cosas pero, por alguna razón que desconozco, no soy capaz de apartar la vista de un reloj digital cuando marca las doce de la noche. Es como si algo terrible fuera a suceder si apartara la mirada y, justo en ese momento,  el último cero se convirtiera en un uno. Qué horror.

00:01 El mundo sigue en su sitio y yo sigo viva, gracias a mi paciencia a la hora de mirar fijamente un reloj durante cincuenta y dos segundos sin pestañear. Si no veo cómo cambia la hora las consecuencias pueden ser terribles, más que nada porque me pasaría la noche pensando en cuáles podrían ser éstas y no pegaría ojo; no sería la primera vez.

00:05 Repaso mentalmente el itinerario hasta el piso-despacho de Fernando. Está lejos pero lo que más preocupa no es eso, sino el territorio desconocido en el que me tendré que adentrar para llegar hasta allí. Me inquieta no saber qué me voy a encontrar exactamente en un sitio nuevo. Del barrio sólo sé que no es de gente de pasta. Los que viven allí llegaron, precisamente, en busca de ella. Para trabajar, vamos. Dinero no sobraba en el vecindario pero, ¿y dónde sí?

00:15 Sigo con el repaso a la ruta de mañana. Me doy la vuelta hacia la derecha.

00:30 Sospechas fundadas de que ésta va a ser una larga noche. Mi abuela no ha querido volver con mi tía, así que está ocupando mi cama, lo que me obliga a dormir en la única superficie horizontal más blanda que una tabla de planchar que hay en toda la casa: el sofá. Skay, verano mediterráneo y mosquitos. Las sospechas van cobrando valor, más aún si añadimos los seis cafés del día y que, encima, estoy nerviosa por mi nuevo trabajo.

00:35 Una presencia itinerante a mi espalda me hace girarme rápidamente. El sonambulismo de mi abuela me va a matar.

02:00 Es oficial. No puedo dormir.

08:00 Agotada. Me voy a trabajar.

En el metro me siento donde me da la gana porque la gente no va en mi dirección; todos van hacia el centro. Dormito hasta que mi sexto sentido me alerta de que ha llegado mi parada. Sigo el plano que he dibujado para no perderme. Número siete, aquí es. Primero segunda. Timbre. La puerta emite un zumbido infernal. Sin más saludo que ése entro en el portal. Huele a estofado de arroz. En julio. Podría ser cosa de mi madre. Subo  hasta el primero por las escaleras, ya que tampoco hay otra manera de hacerlo. La segunda puerta está abierta y, claramente, el arroz está siendo cocinado allí. Entro en el piso. El recibidor está sumido en una inquietante penumbra. Sé que no está vacío porque percibo objetos diversos a mi alrededor del mismo modo que percibo a mi abuela caminando dormida por mi casa, pero mis ojos no consiguen acostumbrarse a la falta de luz hasta después de tropezar con algo metálico que resuena a lo largo de su trayecto por el pasillo tras recibir una patada accidental.

Una cabeza asoma por la puerta de la cocina, en medio del pasillo.

—Sabía que vendrías —la voz de Fernando suena simpática.

Mientras recojo el trasto volador, que ha resultado no ser otra cosa que una lámpara vieja, en algún momento dorada y reluciente, pese a que cueste imaginarlo dado su triste estado actual, suena el timbre.

—¿Puedes abrir?

En el rellano, sobre el felpudo, me mira atónita la mujer de Fernando. La misma que casi me dejó calva a tirones en el hospital.

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6 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 10

  1. Sexto café!!! O se modera o además de no dormir la veo tomando Enalapril dentro de poco.
    Si le cierra la puerta poca cosa pasará y no la imagino saltándole a la yugular, demasiado buenecita, mejor darle los buenos días y que pase. Igual se hacen amigas entre cucharada y cucharada de arroz, estofado??

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