La chica del lunar – capítulo 9

La inocente pregunta de mi abuela no es más que el pistoletazo de salida a un tercer grado del que logro escaquearme hábilmente desviando la mirada hacia la tele, en la que Casandra y Luis Fernando vuelven a atravesar un momento crítico en su relación, como todos los que han vivido desde que empezó la serie, vaya. Que quién era ese muchacho, que si hacía mucho que me rondaba, que si me había respetado… vamos, que no tengo yo bastante con lo mío como para ponerme a tontear con Fernando que, además, de muchacho nada, que pasaba seguro de los cuarenta y quién sabe si de los siguientes también.

Dejo a mi abuela amorrada a la tele y me voy a dar una vuelta, que necesito airearme para pensar con claridad. Ante mí se abre un horizonte nuevo, hasta ahora completamente desconocido: jornada completa, contrato y sueldo decente. Ciencia ficción para mi cerebro, que siempre había creído que la posibilidad de combinar esas tres palabras en una sola frase era similar a la de encontrarse a un autoestopista venusiano vestido de faralaes de vuelta de la playa. Si la frase hubiera mencionado también horario laboral atractivo y beneficios sociales, la cosa del extraterrestre flamenco le habría sacado dos cabezas en lo que a verosimilitud respectaba.

¿Cómo decir que no? Y ¿cómo decírselo a mi jefa? Seguía teniendo en su mano el poderoso arma de la terraza de mi tía. Le iba a faltar tiempo para ir a denunciar su cerramiento y hacérselo quitar. Algo en el interior de mi bolso empieza a vibrar, haciéndome esas cosquillas entre gustosas y angustiantes en el muslo. Como si me hubiera oído pensar; es mi tía.

—¡Hola, sobri!

¿Sobri? ¿No tiene bastante con llamarme Lauri? ¿A qué viene ahora ese apelativo tan novedoso como ridículo? Me escama tanto peloteo, porque lo que viene después tampoco es más normal que su saludo. No puedo decir que mi tía sea una borde pero la risita tonta y el tonito ñoño no suelen acompañar su discurso si no es para hacer el imbécil. Que por qué no nos tomamos un café, que hace mucho que no hablamos. ¡Ay!, ¿Qué habré hecho ya?

Me siento en la terraza del bar en el que he quedado con mi tía, pariente de tercer grado, creo, al ser la hermana de mi madre. Hermana pequeña. Puede parecer un matiz insignificante pero no lo es; la mayor tiene quince años más y es más rancia que mi jefa y más antigua que mi abuela, ahí es nada. Por suerte se quedó en el pueblo y hay que soportarla lo justo para que se te corte la digestión de los turrones de vez en cuando.

Un café solo. Y van cinco. Entre esto y los nervios de la charla que presiento que está por llegar por iniciativa propia de mi tía y de la que vendrá después de decirle que dejo el trabajo quizás no sea mala idea sisar a mi abuela alguna de sus pastillas para la tensión. Mi tía asoma tras la esquina y se dirige hacia mí, evitando el contacto visual directo después de hacer un breve gesto de saludo desde lejos. Al agacharse para darme dos besos se le engancha el bolso en el reposabrazos de la silla.

—¡Coño ya!

Se deshace de la silla bruscamente. Entre el golpe y su invocación genital atraemos la atención de nuestra terraza y de la del bar de al lado. Mal pinta la cosa. Se sienta y me sorprende con un «¡Calor! ¡Que ver! ¡Cosa más…!». Por haberle visto hacerlo toda la vida no es el hecho de comerse la mitad de las palabras lo que me llama la atención; ha hablado siempre así y siempre la hemos entendido, quizás por ser una costumbre familiar. Mi madre también lo hace, sobre todo cuando habla con ella. Seguir una conversación entre las dos supone todo un ejercicio de creatividad para una mente no entrenada. Cuando has crecido con la mitad de las palabras necesarias llega un momento en que ni echas en falta las demás. Lo que sí echo de menos es alguna puyita de bienvenida. Siempre preceden a las broncas de mi tía. Llega la camarera.

—Una… —hace ver que tira una caña. Su interlocutora, aún más fan de la economía del lenguaje que ella, separa índice y pulgar unos tres centímetros mientras mira a mi tía, ésta niega. La camarera coloca entonces la palma de su mano derecha unos treinta centímetros por encima de la de la izquierda, mi tía asiente. Asentimiento también de la chica, que se va y vuelve al cabo de dos minutos con una jarra de medio litro de cerveza. Y luego dirán que el ser humano sólo utiliza el diez por ciento de su cerebro.

Hasta después del primer trago, de unos treinta centilitros, según calculo, mi tía no se arranca con insultos e improperios variados, en tipo, grado e intensidad, dirigidos, ¡oh, maravilla!, hacia mi jefa. Después se disculpa, no por las injurias e improperios, cuya totalidad comparto y aplaudo, sino porque resulta que la tipa le ha llamado hace cosa de una hora para decirle que su sobrina ha decidido empezar a trabajar y que dónde iba a estar ella mejor que con su tía. Que me dijera que mañana ya no hacía falta que fuera. Así. Sin más.

La vida me sonríe tanto que estoy a punto de explotar de emoción. Ahora la cuestión es, ¿cómo gestiono semejante buenaventura?

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18 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 9

  1. Si es que los interrogatorios de las abuelas, jeje y eso que acostumbran a estar pelin sordas.
    Hasta ahora jefa y tía se han aprovechado y utilizado así que ahora que se tome la revancha y se aproveche ella.

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      • Pues disfruta de tu yaya, son un bien de valor incalculableee
        Y hay que ver lo tolerantes y modernas que se vuelven las abuelas con las nietas, la mía madre x ej.!!!
        Por cierto, recibiste la entrevista a Eduardo Mendoza? Que bo El caso Sabolta, enganxa.

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      • ¡Sííííííí! ¡¡¡Abuelas al poder!!! Las abuelas son las mejores.

        La entrevista no la recibí… :(, ¿dónde la enviaste?
        Ése no lo he leído, ¿ves? Falti!

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  2. Al mail que sale en contacto, 27 juny, con un pdf de 17 mb, pequeñito, debe estar con los spams!!! Acabo de reenviar otra vez. a ver si hay más suerte.
    Nada que ver con el del peluquero pero salta continuamente de una cosa a otra…. Esta noche lo termino, sin falta!!! Ahora con la fresquita ire a ver si encuentro el misterio de la cripta, adicta total jaja
    A10,

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      • Graciassss, lo compre el viernes!!! y he encargado el de las aceitunas que no tenían.
        Si te apetece leer el del caso Savolta lo mismo digo, no lo compres, pero es diferente y dos, tres? veces más extenso pero ameno de leer.
        Buen finde para ti también, bueno de lo que queda ya jeje

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  3. Cual será esa venganza??? aunque me hace sufrir y le recomendaría que dejase que el karma le diera a cada uno lo que se merece, la curiosidad es poderosa…

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    • Pues ni idea, la verdad… ya se me ocurrirá algo si decidís tirar por ahí. El karma a veces es más duro que cualquier venganza, así que no creo que la tiparraca se vaya de rositas…

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    • Karma. Sabia decisión. Como recoja la mitad de lo que ha sembrado, la jefa ya puede echarse a temblar.
      Reconozco que lo del título nuevo también me tira… violencia y manduca, ¿qué más se puede pedir?

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