La chica del lunar – capítulo 8

¿A quién quiero engañar? Mi vida no va a cambiar así, de repente, sólo porque yo lo quiera, y la verdad, no me apetece lo más mínimo ponerme a trabajar en serio para conseguirlo. En pleno julio. Qué pereza. Rendida a mi destino, cualquiera que éste sea, dejo pasar a Fernando y le conduzco hasta el sofá. Mi abuela nos sigue como si de nuestra sombra se tratara.

Con el plato de torrijas sobre la mesa de centro me parece que lo más adecuado, según las normas de cortesía de cualquier manual de urbanidad, es ofrecer un café para acompañarlas. Mi abuela también se apunta. Por mucha sacarina que le ponga, como no le eche también una pastilla para la tensión no sé yo si este abuso de cafeína no nos traerá todavía un susto.

Para cuando vuelvo con los cafés mi abuela ya ha puesto a Fernando al día de la novela desde sus orígenes. Le rescato, sentándome entre los dos. Inicia una conversación digna también del mismo manual de buenos modales que me ha llevado a hacerle un café. No me interesa lo más mínimo nada de lo que me dice, y que el calor nos va a matar es algo que ya sé y de cuyos efectos no me va a librar el hablar de ello.

—Querías proponerme algo.

Le corto el rollo porque si no voy a acabar teniéndoles que preparar la cena. Se confirman mis sospechas sobre la atención fingida de mi abuela a la novela de sus amores. No sólo no ha proferido por lo bajini ninguna frase injuriosa contra ninguno de los personajes sino que, al dar yo el pistoletazo de salida a la conversación en la que se va a poder enterar por fin de lo que sea que haya traído a Fernando a esta casa, deja momentáneamente de masticar, al tiempo que dedica una fugaz y poco sutil mirada de reojo a nuestra posición.

—Sí. Bueno, yo… verás…

El volumen de la tele baja, como por arte de magia, a medida que Fernando empieza a titubear… la cosa promete y mi abuela no está dispuesta a perdérselo.

—No te preocupes, yaya. Nos vamos al balcón, que no te dejamos ver la novela.

Si las miradas matasen habría caído fulminada allí mismo. Saco a Fernando al balcón, no sin miedo de escuchar alguna propuesta embarazosa que me haga arrepentirme de haberle regalado un momento de intimidad a salvo de las orejas de mi abuela. Saca un paquete de tabaco de un bolsillo de sus bermudas y me ofrece uno. Además de sana soy pobre, así que, por suerte, nunca me ha dado por probarlo. En realidad, la sola idea de hacerlo me repulsa bastante. Rechazo su ofrecimiento con un movimiento de cabeza.

—Haces bien —dice mientras enciende su cigarro. Luego tose—. Yo tampoco debería hacerlo —vuelve a toser—. Por lo menos, pasarme al de liar; tal y como está la cosa, con la diferencia igual me da para una mutua, que falta me va a hacer.

Sí, sí, seguro que una mutua va a a recibir con los brazos abiertos a un carretero tuberculoso como él. Y acabadito de salir de un susto cardiovascular. Se lo van a disputar, vamos.

Me explica que llevaba muchos años engañándose a sí mismo. Que, en realidad, siempre ha estado ciego. Habla apoyado en la barandilla sobre sus antebrazos, mirando pensativamente al horizonte más lejano, en el que tiende la vecina del bloque de enfrente, canturreando en su lavadero. Que, habiendo dinero, siempre había pensado que todo iba bien, pero que, gracias a haber visto la muerte de cerca, ha comprendido que la vida es mucho más que eso y, de lo importante, él no tenía nada en la suya.

— ¿Y tu mujer? —por sus gestos mientras inspira profundamente la última calada a su cigarro me parece entender que ése era uno de sus grandes problemas— ¿Y Lauri?

Se acabó. Con las dos. A su mujer hacía mucho tiempo que no la soportaba, pero reconoce que no se merecía una mentira como la que había vivido los últimos años. Lo de Lauri acabó de arreglar las cosas. Tampoco se lo merecía, pobre.

—Se acabaron las mentiras en mi vida. Voy a volver a empezar desde cero.

Dicho esto saca unas llaves del bolsillo izquierdo del pantalón y me las tiende. Ay.

— ¿Qué? —es todo lo que alcanzo a decir ante su reclamación de respuesta. Respuesta, ¿a qué?

—Hasta ahora he usado las leyes para sacar dinero, para mis clientes y, sobre todo, para mí —mensaje incompleto, ¿qué tiene que ver eso con las llaves?—. Ahora vivo aquí.

Dice esto último levantando las llaves entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Mi cara debe de ser un poema.

—Y trabajo —se apresura a decir, viendo claramente que no había transmitido el mensaje completo y que, así, cojo, daba pie a equívoco—. Hay mucho cabrón en este mundo y alguien tiene que pararles los pies. Estas son las llaves del antiguo piso de mi tía Remedios. Es lo único que tengo ahora. Mañana le daré una manita de pintura y lo dejaré tan apañado como pueda. Pasado empiezo.

— ¿En plan justiciero?

Fernando sonríe y asiente. Por mucho que ahorre con el tabaco de liar, con lo que saque de su proyecto no sé yo ni si podrá vivir. A todo esto sigo sin saber qué pinto yo en sus planes y, sea lo que sea, por qué yo, si apenas me conoce.

—En plan justiciero. Ricos no nos haremos —¿haremos?—, pero verás como tu vida te lo agradece.

Las llaves vuelan a cámara lenta en mi dirección, no sé si de este o del otro lado de la barandilla. Me apresuro a cazarlas al vuelo ante el vértigo que me produce imaginármelas siquiera en su caída al vacío.

—Si quieres, mañana allí a las nueve. Jornada completa, sueldo aceptable y contrato. La dirección está en el llavero.

Y se va. Mi abuela le saluda mientras atraviesa el comedor. Luego me mira, interrogante. Jornada completa, sí, ¿haciendo qué? Yo no soy abogada. Y no puedo dejar mi trabajo, mi tía me matará. Una voz resuena en mi cabeza “sueeeeldo aceptaaaable”. Suena como el viento. Repite esto mismo un par de veces y, viéndome dudar, prosigue “¡contraaaaaaaato! ¡contraaaaato!”.  No sé qué hacer. Fernando es un tío muy raro. “¡Contrato, joder!”. A la voz se le ha acabado la paciencia. Veo a Fernando cruzar la calle y girarse para mirar hacia el balcón.

—¡Necesito un ayudante!

Grita, haciéndose un megáfono con las manos. Otra vez parece que oiga mis pensamientos. Sonríe y se va.

Una presencia con moño se manifiesta a mi espalda.

— ¿Has reñido con el muchacho?

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8 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 8

  1. Mientras no sea un piso de alterne la idea del contrato y sueldo “aceptable” me tira mucho. Ahí se ven las preferencias de cada uno.

    Ahora, no me has puesto ninguna de las opciones que me gustan a mí: tirarlo por el balcón abajo, hacerle comer torrijas hasta reventar,… Ese tipo de cosas.

    Dios, estoy hecho un sádico.

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    • Ten en cuenta que es abogado, otra cosa no, pero te vende lo que sea… a saber con qué nos sale luego…
      La idea de matar a alguien de un empacho de torrijas me seduce tanto que quizás la retome en algún capítulo futuro, permanezcan atentos a sus pantallas.

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