La chica del lunar – capítulo 7

Ya se me han hinchado las narices. Sin decir palabra señalo a la secretaria. No digo nada, simplemente me limito a dirigir mi dedo índice y el resto del brazo derecho hacia su cara. Cuando mi respuesta silenciosa consigue que dejen de chillar como verduleras llega mi momento. Miro fijamente a la otra loca, la mujer de Fernando.

—Lauri —pausa dramática. Disfruto de su cara mientras ata cabos y levanta las cejas, pidiendo confirmación a sus conclusiones—. Sí. La del osito.

Ahí las dejo. Me tomaría una tila para relajarme pero, como las infusiones me dan asco, me preparo un café y me lo bebo disfrutando del ingenio humano a la hora de insultar a sus semejantes. Mi jefa sigue documentando los hechos. De ésta o me echa o me sube el sueldo.

De las pocas frases con sujeto y predicado, con verbo y todo, que salen por esas boquitas, deduzco que Fernando ha dado puerta a su secre, en lo laboral y en lo sentimental, y que ella, a saber por qué, ha pensado que yo había tenido algo que ver en su decisión.

A mi jefa se le acaba la batería del móvil y despacha a las dos despechadas. A pelearse, a la calle. Me lanza una mirada cargada de intención, aunque desconozco cuál. El resto de la mañana transcurre tranquila; comparados con la bronca de primera hora, hasta los clientes más desquiciantes se me antojan aburridos. Intento engañar al aburrimiento recordando el cúmulo de circunstancias que han desembocado en la situación actual. Mi poca tolerancia a la estupidez humana, el infarto de Fernando justo el mismo día que me decido a tomarme la justicia por mi mano y servirle un chute de cafeína en el desayuno, mi sentido de la culpabilidad, mi bondad desmesurada a la hora de entregar la nota de la secretaria, la mala suerte de ser vista -y agredida- por la mujer del enfermo, la coincidencia de que la querida de éste se llamara también Lauri… si el universo se había tomado tantas molestias para traerme hasta aquí debía de haber una muy buena razón. Mi suerte estaba a punto de cambiar. Lo presentía. A veces me sorprendo de la facilidad con que, algunos días -los menos- soy capaz de ver cosas positivas donde, claramente, no las hay.

Hoy como en casa. En la mía. Todo lo mía que puede considerarse una casa heredada, en vida, de mi abuela, después de que en pleno familiar se decidiera que ésta no podía seguir viviendo sola, y no por problemas de salud, que la mujer está como un toro, sino porque a última hora se había descubierto que los resfriados recurrentes de los últimos tiempos se debían a caminar descalza por los helados suelos de terrazo en las noches de invierno sin que ni ella misma fuera consciente de ello. Sonambulismo senil, nos dijeron. Pues será eso, porque mi abuela siempre ha dormido como un bendito.

Llego a casa, mía o no, y me encuentro conque mi abuela no sólo no se ha ido sino que ha hecho más gazpacho, una tortilla y tiene en la nevera una sandía como la cabeza de mi tío Pablo. Criminal. Cómo sabe lo que me gusta, la bandida. Tanto peloteo me escama. Indago discretamente durante la comida, que en cuanto empiece la novela mi abuela no está para nadie. Sin atreverme a profundizar claramente en el asunto me atrevería a decir que su intención es librarse de su hija, volviendo a su casa y compartiéndola con una servidora.

Luis Fernando y Casandra han vuelto a reñir, esta vez por culpa del hermanastro de ella. La cosa no pinta bien y temo por las consecuencias de dicha ruptura en mi propia vida, que mi abuela estaba de muy buen humor desde que se reconciliaran ayer por la tarde. Me ha parecido ver que torcía el gesto y, además, no sólo no me ha ofrecido café -aunque la casa sea, al menos en teoría, mía-, sino que me lo ha reclamado a mí, bruscamente, en el primer bloque de anuncios.

Vuelvo al sofá con los cafés, el edulcorante para ella, el azúcar para mí, la pastilla del azúcar, para ella, y una torrija, también para ella. Que si le gustan por qué no se las va a hacer, aunque no sea temporada. Yo le digo que eso es una tontería, que los dulces no crecen en los árboles y que por qué no se los va a poder hacer cuando ella quiera. Que porque las torrijas sólo se comen en Semana Santa, que si soy tonta. Nada, que la mujer quería bronca y seguirle la corriente sólo la ha cabreado más. La próxima vez, directa a la yugular.

Después de oírle murmurar, aun masticando la torrija, algunas de las palabras que me había dirigido en el hospital la mujer de Fernando, esta vez dirigidas a la madre de Casandra, asumo que debo tomar de una vez por todas las riendas de mi vida; agarro el móvil y, de forma tan discreta como cobarde, me dirijo al recibidor para escribir un SMS a mi tía: “si quieres conservar tu terraza cubierta, llévate a la yaya o…”. Timbrazo. Del susto mando el móvil a hacer puñetas.

— ¿Quién?

El uno por ciento de la actividad cerebral que mi abuela no estaba destinando al culebrón de la tarde es el encargado de dar respuesta a la puerta. De mandarme abrirla, mejor dicho. Para no tentar a la suerte, ni a su paciencia, lo hago ipso facto.

Me encuentro con un hombre de mediana edad, moreno, vestido con bermudas y camiseta. No con bermudas de hilo y camiseta divina, con las bermudas y la camiseta que se pondría cualquiera un sábado por la mañana de zafarrancho de limpieza. Las sandalias permiten apreciar la silueta, recortada en blanco nuclear sobre el color canela de las pantorrillas, de unos calcetines que debieron de acompañar al sujeto en cuestión en alguna mañana de asueto al sol, tomando un aperitivo quizás, puesto que esa curvita de la felicidad que se manifiesta bajo su camiseta me hace sospechar que es el tipo de persona que no perdona la cañita del mediodía, acompañada de cualquiera de sus posibles satélites en forma de tapa, sean éstas patatas, olivas, gambas o cualquier otro posible habitante de la pizarra de un bar. Me sonríe. Le miro de soslayo. Desde que se quitara el disfraz de abogado, la presencia de Fernando me desconcierta cada vez más.

— ¿Qué haces tú aquí?

¿De dónde narices ha sacado mi dirección?

—Hola.

Percibo una presencia a mi espalda. Mi abuela debe de haber olido el culebrón que se esconde tras la aparición de Fernando y no ha dudado en abandonar a Casandra y compañía.

—Vengo a proponerte algo.

Me mete en un lío de miedo, sin conocerme de nada se planta en la puerta de mi casa y, con toda la cara del mundo, dice que quiere proponerme algo. ¿Quién se ha creído que es? Un plato de torrijas aparece por mi derecha y avanza hasta interponerse entre Fernando y yo.

—Las he hecho yo misma. Coja una.

Contemplando la sonrisa de Fernando mientras mastica una torrija ante la mirada satisfecha de mi abuela asumo que soy una simple espectadora en mi vida. Esto tiene que cambiar.

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8 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 7

  1. Ese timbre!!!! Jajajajaja. No sé por qué pero me han venido a la mente dos hermanas “descojonás” intentando entrar un sofá en casa…

    Fernando+Abuela+Torrijas… la cosa promete…

    Me gusta

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