La chica del lunar – capítulo 6

Venga de quien venga la bronca voy a salir perdiendo. No soy capaz de decidirme por ninguna de ellas, así que opto por postergarla lo máximo posible y dejo pasar a mi abuela, que está que echa humo. Le pongo la novela para tranquilizarla. Afortunadamente, mi idea funciona; el culebrón tiene el mismo efecto sobre ella que los dardos tranquilizantes sobre los bichos de los documentales de la siesta. Conmovida al ver que me he acordado de ella y le he grabado su chute diario de traiciones, amoríos y frases empalagosas, y, quizás, gracias también a que Luis Fernando y Casandra han hecho por fin las paces tras descubrir que su relación estaba siendo boicoteada por la madre de él, a mi abuela no sólo se le pasa su enfado con el mundo sino que insiste en hacerme la cena, argumentando que me estoy quedando en los huesos desde que vivo sola y que a saber de qué clase de porquerías me alimento. En lo primero miente como una bellaca, ya que es obvio para todo el mundo que últimamente estoy más sanota, según palabras textuales de mi abuelo paterno. Intento sacarla de su error en lo que respecta a mi dieta y le digo que no se preocupe, que me alimenta mi madre. Me mira fijamente. Que por eso. Como en la nevera no hay más que un limón seco mi abuela saquea la de la vecina. Que hay confianza, dice. Que cuando ella necesite algo siempre podrá pedírmelo a mí. A menos que necesite potaje de lentejas no creo poder devolverle nunca el favor.

El gazpacho de mi abuela hace más llevadero el dolor de espalda resultante de pasar la noche en el sofá. Dejo abierta la ventana del salón y la puerta del lavadero para que corra un poco de aire y, de paso, alimentar a toda la colonia de mosquitos del barrio.

Con un litro menos de sangre en el cuerpo me dispongo a afrontar una nueva jornada laboral, con la emoción añadida de no saber si los ronquidos del ex de mi tía habrán desvelado a mi jefa esta noche. Miedo es la palabra. Me arrastro hasta el bar y me tomo dos cafés con leche y dos cruasanes que pago religiosamente. La buena noticia es que los ronquidos no han despertado a mi jefa, la mala es que, si no lo han hecho, es porque no han dormido en toda la noche. Espero que se lo hayan pasado muy bien porque las consecuencias en la próxima reunión de vecinos amenazan con ser terribles. No es justo que la única que vele por la supervivencia de la terraza cubierta de mi tía sea yo, que ni me va ni me viene. Mi jefa está que trina. Las cosas no pueden ir peor.

Sí que pueden. Con los mismos pelos que la dejé ayer por la tarde hace su aparición la mujer de Fernando. Se sienta al final de la barra, en el mismo sitio que solía ocupar cada mañana su marido. Por fin levanta la vista en busca de alguien que le atienda y se topa con mi mirada atónita. Ella no parece menos sorprendida.

— ¿Qué haces aquí? —tono agresivo, curioso y confuso a partes iguales.

—Trabajo aquí —me modero en mi respuesta, que no es éste el mejor lugar para acabar agarrada a los pelos de una desconocida, por muy loca que ésta esté. Mi jefa no está mucho mejor de la cabeza y, en cuanto acabe de comerse el bocadillo de jamón que desayuna cada día en la cocina, le faltará tiempo para salir a controlarme. No digamos ya si encima oye jaleo en la sala.

—Lauri, ¿verdad?

Asiento sin más mientras me pregunto cómo ha averiguado mi nombre cuando ni siquiera su marido lo ha llegado a saber nunca. Y menos aún en su forma de diminutivo odioso.

—Pónme un café, Lauri —tonito irritante, ahora. Me dirijo a la cafetera—. Descafeinado.

Hago un cálculo rápido y me sale que con lo que me queda del sueldo del mes puedo comprar aún once ramos de flores y medio; descafeinado se lo va a hacer Rita, ya iré a verla al hospital si hace falta. Con mi mejor sonrisa falsa le llevo el café.

—Sacarina —lo pide borde pero contenida, como si  estuviese haciendo un esfuerzo titánico por no escupirme su ira -y quizás también su saliva- a la cara. Pierde su mirada furiosa en la taza de café, hincha la nariz y, finalmente, me hace dar un salto mortal hacia atrás, ya que a la cantidad incontable de decibelios que escapa por su boca le acompaña un gesto brusco, alargando el brazo y ofreciéndome algo que, por ser movido hacia adelante y hacia atrás a una velocidad vertiginosa, no logro identificar.

—Conque osito, ¿eh? —cara de póquer. ¿De qué me está hablando ahora? — ¿Creías que no me iba a enterar? ¿Que soy idiota?

Consigo atrapar al vuelo lo que sostiene en la mano, que tiene pinta de no ser otra cosa que la famosa nota de la secretaria.

“Osito, espero que estés bien.

No podemos seguir así. Necesito verte. Llámame.

Te quiero,

Lauri”

Osito. El amor tiene efectos devastadores sobre el cerebro humano. ¿Cómo, si no, se explica que una persona se deje llamar así por otra? Y voluntariamente. Está claro que esta mujer me ha tomado por quien no soy. Inútil intentar hacerle ver su error, está en pleno sermón moralista sobre la poca vergüenza que hay que tener para romper un matrimonio y bla, bla, bla… Raro me parece que mi jefa no haya salido al oír los gritos. Por la puerta entreabierta de la cocina asoma un móvil; la muy petarda está grabando la bronca, a saber si para chantajearme o para disfrutarla luego con el portero y la vecina. Esta vez sí, las cosas  no pueden ir peor.

Error de nuevo. Por la puerta entra la secretaria de Fernando. Ignora a la mujer de su osito y, contra todo pronóstico, no me pide un cortado, como suele hacer cada mañana, sino explicaciones. Bronca en estéreo. No sé por qué; ni me molesto en escuchar sus reproches. El mundo me está tratando muy injustamente y necesito mi pequeña dosis de venganza.

Encuesta cerrada. Lee aquí más entregas de la chica del lunar.

6 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 6

  1. Mi voto:
    Señalando a la secretaria como amante del abogado.
    Y que cada palo aguante su vela.

    Lo que yo haria:
    Abriria accidentalmente la espita del gas y me iria leeeeejos a por tabaco.

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    • Uhmmm… no es mala idea. Así zanjamos también el problema de la terraza de su tía… lástima que nuestra chica es muy sana y no le da al tabaco, pero siempre hay una primera vez para todo, ¿no?

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  2. Haz las oportunas presentaciones “Aquí la esposa de Osito, aquí su secretaria y amante” y a ver que pasa.
    Ya nos pasaras el enlace al vídeo que graba la jefa, jejeje

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