La chica del lunar – capítulo 5

Mi primer impulso es arrancarle uno por uno todos los mechones de pelo que su resistencia me permita, sin embargo, del mismo modo que el abogado gilipollas ha mutado en un ser encantador, una servidora parece haber recibido un chute de paciencia infinita y mi reacción acaba no siendo otra que tratar de poner paz en el asunto, aun sin saber por qué tenía yo a una mujer histérica insultándome y tirándome del pelo. Mi intento fallido de conciliación con la señora se pule la dosis entera de paciencia, que, después de todo, ha resultado no ser infinita, y la agarro por los pelos a la altura de la sien, que es lo que me pilla más a mano y además sé, por experiencia vital, que ahí duele; crecer con hermanos mayores acaba siendo muy útil en la vida.

Mi contraataque no contribuye a mejorar la situación, como era de esperar, pero por lo menos me ayuda a liberar tensiones. Aprovecho la oportunidad y hago desfilar por mi mente el recuerdo de mi jefa, mi trabajo de mierda y el empacho de lentejas que mi cuerpo lleva dos días soportando. Mi ira se acrecienta con cada uno de estos pensamientos y en la descarga ciega de la misma me pasa por alto que la loca de mi agresora ha dejado de atacarme y está gritando a Fernando, inclinada sobre la cama.

— ¡Cariño! —va a resultar ser su mujer, después de todo. ¿Y por qué me pega?— ¡Ay! ¡Cariño!

Le suelto el pelo, porque empezaba a estar en una postura un pelín forzada y porque parece que el marido de la señora no acaba de encontrarse bien. Su mano sobre el corazón, su cara de angustia y los extraños sonidos guturales que emergen de las profundidades de su garganta me llevan a pensar que la cosa no va bien y que la loca va a tener que acabar comprando un ramo para compensar su actuación, en el mejor de los casos, o una corona de flores si no viene rápido alguien que ponga remedio al asunto.

Los gritos alertan a dos enfermeras, un celador y, por fin, cuando menos falta hace, un médico que, encima, resulta no ser cardiólogo, sino ginecólogo, que siempre viene bien en caso de infarto. Ya no hace falta, y no porque haya caído fulminado por un ataque al corazón provocado por la pelea a muerte entre su mujer y la camarera que le servía el desayuno todas las mañanas, sino porque, una vez captada nuestra atención, deja de fingir y vuelve a su posición inicial, recostado sobre el cabezal de su cama.

Pese a la falsa alarma, el personal sanitario no tarda ni dos segundos en sacarnos a empujones de allí, puesto que la máquina conectada al abuelo con el que Fernando comparte habitación lleva pitando a quinientos decibelios desde que, aplaudiendo y acompañando su entusiasmo con un repetitivo y enfático movimiento de cabeza, éste último empezara a gritar “¡Pelea, pelea!”. Aprovecho la confusión para dar al abogado la nota de su secretaria y salgo al pasillo, ayudada por el fornido celador que me me arrastra de mi brazo izquierdo.

La mujer del abogado, pese a sacar más partido que mi jefa a los productos de cosmética facial, presenta, debido al disgusto y al llanto que lo sigue, unas bolsas considerables bajo sus ojos hinchados, de los que parten dos torrentes de lágrimas negras, consecuencia directa ésta del uso de la cosmética a la que me acabo de referir. Me mira por última vez y sale corriendo pasillo adelante, llorando desconsoladamente, hasta meterse en un lavabo a desahogarse a gusto y a limpiarse los churretes a salvo de las miradas de los allí presentes.

Cuando llego a casa me encuentro a mi abuela esperándome sentada en la escalera. Mal rollo. Tal y como sospechaba se ha vuelto a pelear con mi tía y, para no verla, viene a mi casa y se pelea conmigo. Y yo que sabía que hoy tenía médico y le había grabado la novela. Sin que yo abra la boca me cae la bronca, totalmente inmerecida. Desconecto mientras me pregunto por qué todas las mujeres, con arrugas o sin ellas, con las que me he cruzado hoy, han acabado descargando su ira injustamente contra mí. Vuelvo a la Tierra cuando me dice que a qué estoy esperando. Que abra la puerta.

La crema milagrosa parece no serlo tanto y su único efecto sobre el cutis de mi jefa es una pátina oleosa que hace que la mujer brille con luz propia. Si a ello le sumamos que las discusiones familiares pueden llevar a que mi tía lleve a casa a su ex esta noche, se puede liar parda como mi abuela se quede conmigo a dormir. Está claro que por una parte o por otra voy a recibir, ahora la pregunta es de quién prefiero que venga la cosa.

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8 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 5

  1. No abandones la trama de la mujer-amante desquiciada del abogado, seguro que acaba siendo una hermana secreta de tu abuela que al final también acaba viviendo con vosotras.

    Mi voto, por si acaso, es para dejar a la abuela fuera, al fresco, que se airee.

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    • Estoy deseando publicar cada entrega para leer tus ocurrencias… y siempre superas mis expectativas, jajaja.

      Tendré en cuenta tu sugerencia; seguro que nos lleva a algo interesante.

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    • Quizás lo retome en algún momento, jeje (o quizás no, no lo sé ni yo).
      PD: Sabía que te gustaría, jeje (no sé si las constantes que le he puesto son muy de paciente taquicárdico, pero se me perdona, no???). 😉

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  2. Voto: Llamar a su tía para que pida perdón a su abuela.

    Lo que yo haria: Dejar a la abuela encerrada en casa (varios dias) , ir a casa de la secretaria a consolarla del disgusto y apalancarme alli a pan y cuchillo (varios dias).
    Y al volver a tu casa comprobar si la abuela se ha momificado.

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    • Lo que yo diga: a partir de ahora os consultaré antes de publicar cada entrega, porque está visto que ni se me pasan por la cabeza la mitad de las posibilidades que me planteáis vosotros, jeje. :))

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  3. Mira tú el abogado, mujer, amante y casi le tira los tejos a ella. Y parecía gilipollas.
    No puede dejar a su abuela en la escalera, podrían denunciarla los vecinos por maltrato a la 3ª edad!!!
    Que la meta dentro, le ponga la novela y ella que se largeeee. Que vaya a ventilarse, a quemar la noche, o a lo que sea que después de tanta lenteja falta le hace.

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