La chica del lunar – capítulo 4

Va a tener razón mi madre cuando dice que, a pesar de mi mal genio, de buena parezco tonta. Personalmente prefiero la opinión de mi abuela, que dice que soy más buena que el pan y que ese geniecillo mío no engaña a nadie. Como veis, el mensaje es exactamente el mismo pero, en vez de ofender, hace que te lo tomes casi como un cumplido y te vayas hasta contenta. Es una maestra de la dialéctica.

Buena o tonta, la cuestión es que, cuando quiero darme cuenta, estoy escuchando ya las peticiones de la secretaria, a la que, en algún momento, supongo, he debido de decirle que pidiera por esa boquita. Que muchas gracias por darle esto a Fernando, que ya sabía ella que detrás de aquella cara tan seria había una buena persona. Esto es una nota, Fernando debe de ser el abogado gilipollas y ella es ya la tercera persona que me llama borde y, encima, pidiéndome un favor. Me voy de allí dándole la razón a mi madre. Tonta. La palabra es tonta.

A punto estoy de tirar a Predator a la papelera y llevarme sus cacas a casa. Por suerte, rectifico a tiempo y la cosa no tiene más consecuencias que la resultante taquicardia del pobre perro, que no deja de martillearme el antebrazo hasta un par de manzanas después.

Paso la tarde angustiada a partes iguales por mi visita al día siguiente al abogado gilipollas en el hospital y porque de repente recuerdo que, con perdón del desayuno de hoy, la cena será la cuarta comida consecutiva a base de lentejas en los dos últimos días. Ningún acontecimiento digno de mención hasta la hora de dormir. Ningún acontecimiento digno de mención durante la mañana del día siguiente; mi jefa no presenta mejoría epidérmica facial significativa. No significativa tampoco; esa crema es un timo.

Pregunto en la floristería si tienen algún ramo pocho o a punto de caducar. Me dicen con la amabilidad justa que sólo tienen género de calidad. Les respondo entonces que necesito algo para no aparecer por el hospital con las manos vacías pero que, en realidad, el enfermo tampoco me importa mucho. Al final me acaban cobrando diez euros por un ramo como el que les pedí al principio. Salgo de allí con la sensación de haber sido claramente estafada pero logro calmar mi sed de venganza pensando que como, en principio, no tengo intención de volver a sacar a la psicópata que hay en mí, mi sentido de la culpabilidad no me obligará a volver por allí. Si es por mí, se van a arruinar. Habiendo hecho justicia en mi cabeza, me voy más tranquila.

Con mis flores feas pongo por fin mis pies en el hospital. En el ascensor intento ocultarlas a las miradas de mis compañeros de viaje, armado cada uno de ellos con un ramo de dimensiones descomunales, a cual más poblado y colorido. Algo muy gordo habrán hecho. No hay nada como la mala conciencia. Que se lo digan a los floristas. Segunda planta. Timbre y apertura de puertas. Pasillo. Habitación 212. Allá voy. Tomo aire y llamo con los nudillos. Nada. Empujo lentamente la puerta hasta lograr asomar la nariz por la apertura. Sólo una de las dos camas está ocupada.

—Perdone —no sé si el señor me ha visto u oído pero, en cualquier caso, no me hace ni puñetero caso—… ¡perdone! —ahora sí, se lleva la mano al pecho mientras me mira con cara de susto; a punto estoy de correr a por otro ramo de flores—estoy buscando al abog… —¡Sooo! Quieta parada, que ya me embalaba y por mucha flor que trajera, llamar gilipollas al enfermo iba a dar al traste con mis planes de lavado de conciencia. El abuelo fuerza la vista para oírme mejor (por si cuela). Finalmente decido abreviar para adelantar camino— ¡a Fernando! ¿Fernando?

El abuelo pone cara de no enterarse de gran cosa. Una cabeza asoma de pronto de la puerta abierta que hay a mi izquierda, la del baño.

—¡Hombre! —es Fernando. Sorprendido y, en apariencia, gratamente. Viste un pijama azul celeste con detalles en marino y su pelo, sin la gomina que le dotaba de consistencia, apenas logra empañar ligeramente los brillos de su cuero cabelludo bajo los fluorescentes de la habitación.

—Soy…

—Sí, sí, la camarera borde —dice desde dentro, mientras tira de la cadena. No sé por qué no le tiro las flores a la cara al escucharlo, pero cuando vuelve a aparecer por la puerta del baño soy incapaz de reaccionar. Al verme la cara se ríe—… me presento: soy el abogado gilipollas… —y me tiende la mano. No entiendo nada. Él se sigue riendo— Si me has traído hasta flores —se asoma al ramo—…  o algo parecido…

Al salir del ascensor debo de haber aparecido, por algún tipo de error cósmico, en un universo paralelo, ya que ni yo recuerdo haberle hecho partícipe de mi pésima opinión sobre él ni, mucho menos, se parece este tío al abogado gilipollas de mi mundo real.

—Como parecía que al final no te ibas a morir…

Si he sido capaz de pronunciar esta frase, sin que mi cerebro se molestara en filtrar su contenido antes de mandar la orden a mi aparato fonador, ¿quién dice que no le he llamado gilipollas a la cara en algún momento? Intento deshacerme de las flores dejándolas sobre la mesilla. Me deshago de ellas y del reloj que había encima de ella. A la mierda el Rolex. Ahora es cuando aparece de nuevo el abogado gilipollas…

Pues no. Y no sólo eso, sino que Fernando se vuelve a reír como si le fuera la vida en ello. Que de Rolex nada, que era de imitación barata. Me pregunto si este hombre tiene poderes o si, realmente, he vuelto a pensar en voz alta. En un arranque de sinceridad confiesa que ni siquiera había ido a China, sino que se lo había encargado a su cuñado el verano pasado. Hay que ser cutre… Llevada por la misma actitud que él, decido sincerarme yo también y confieso que soy la presunta culpable de su homicidio imprudente por mala praxis, negligencia en el desempeño de mis funciones y agravado todo ello por mi situación irregular en el puesto de trabajo. Me dice que menos películas de abogados, que lo que acabo de decir no tiene pies ni cabeza y que, si así hubiera sido, sólo podría estarme agradecido porque este susto le había cambiado la vida. Que había visto la luz, que su vida no iba a ninguna parte y que era, a día de hoy, un hombre nuevo. Me llama cariño, me coge la mano y, antes de que pueda reaccionar, un grito a mis espaldas me pone los pelos de punta. Este último hecho es aprovechado por la responsable del mismo, que me agarra un puñado de ellos con cada mano mientras repasa, a voz en grito y uno por uno, todos y cada uno de los adjetivos calificativos femeninos. Menos bonita.

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8 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 4

    • Me gusta tu propuesta… ahora sólo queda decidir en qué planta está de éste (¿junto a recepción? ¿en la sala de espera de extracciones? ¿en la azotea? mmm… creo que haré también una encuesta para esto…).

      ¿Y dices que en el de tu barrio hay dos? ¿Tú sabes lo que cuesta de mantener una cosa de ésas? Así hay que acabar luego pagando por receta y tal… ¡irresponsables!

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    • Pero qué práctica que es mi niña!
      Lástima que la pobre chica no lo tenga ya a mano… aunque se me ocurre que quizás pueda llevarlo accidentalmente en el bolso… no? 🙂

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  1. A que resultará que Fernando tiene su corazoncito y nos caerá simpático.
    La que le tira de los pelos es la secre rubia??
    Que se líen a estirones las dos y distraen al personal, que estar en el hospital es muy aburrido y para ver la tele hay que pagar!!!

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    • Aaaaaah? Sorpreeeesaaaaa… esta semana tenéis ganas de marcha, que con las sugerencias que me estáis haciendo os veo guerreros… aunque en la encuesta está todo problemáticamente igualado… a ver por dónde me salís al final…
      Pelea! Pelea! :)))

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  2. Encuesta: Simplemente chillar, pero más fuerte que ella
    Lo que me apetece: Le das un beso en los morros al gilipollas y le preguntas ¿Pero es que no le has contado lo nuestro a la petarda?

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