La chica del lunar – capítulo 3

Mi jefa se percata de repente de la bolsita que pende de mi mano y, como si despertara de un trance, vuelve en sí misma y reorienta su atención a las cosas realmente importantes de la vida.

— ¿Ésta es la crema que me ha comprado tu tía?

Todo en este mundo es una cuestión de prioridades; que le den morcilla al señor abogado y sus veintidós euros mensuales, que ella se va a deshacer de todas sus arrugas, ojeras y manchas con un producto milagroso que le va a devolver la juventud perdida en algún siglo anterior. Lo que no sé es lo que piensa hacer con el exceso de pellejo resultante del proceso. Como el tarrito no venga con una aguja para hacerse con él un moño en el cogote le veo mala solución al asunto.

Por suerte, la dichosa crema eclipsa la presencia de Predator, ya, de por sí, escasa, y, después de cazar la bolsa al vuelo, cual halcón apresando un ratón de campo, mi jefa da media vuelta y se va. No alcanzo a oír frase ni gruñido de despedida y a punto estoy de castigar su mala educación abandonando las dos ridículas cagarrutillas del perro en la terraza pero mi elevado sentido del civismo y del decoro me obliga a recogerlas.

Con las cacas en una mano y Predator en la otra me dirijo a la papelera más cercana. No consigo llegar al objetivo sin ser interceptada por el portero, que comenta la jugada con una vecina a la que también sirvo el desayuno todas las mañanas.

— ¡Nena! —el portero me coge del brazo derecho y la vecina ataca. Él, que me ha visto recoger las cacas de Predator, me suelta al ver que no es el perro lo que llevo en esa misma mano— ¿te has enterado?

Me he enterado y lo saben de sobra.

—El abogado del quinto —me dice, acercándose hasta encontrarse a escasos centímetros con la mirada curiosa de Predator, que descansa entre mi pecho y mi antebrazo.

— ¿Se sabe dónde será el funeral? —le interrumpo porque, debido a mi escasa actividad homicida hasta día de hoy, no estoy muy puesta en la gestión emocional de los momentos posteriores al delito y tengo las lágrimas en los ojos, amenazando con echarse a rodar mejillas abajo y delatarme claramente.

—Pero ¿qué dices, chiquilla? —me miran los dos perplejos, pero esta vez es él el que habla — ¿ya lo quieres matar?

—Mala hierba ya se sabe… —ella se vuelve a pronunciar— con ése no hay quien acabe. Bueno —dice desviando su mirada fugazmente a una chica rubia y llorosa que acaba de salir del bar de mi jefa y se dirige hacia nosotros—, a lo mejor sí…

Portero y vecina, poco amigos los dos de la crítica al prójimo, se miran con complicidad y se ríen por lo bajini. Se trata de la secretaria nueva, con la que las malas lenguas aseguran que tiene un affaire. Mi jefa -poseedora de una de las lenguas más viperinas del barrio- es firme defensora de esta teoría, que ya planteó el primer día que la chica bajó a desayunar con nosotras.

Después de enterarme del hospital al que se han llevado a la víctima, ya no sé si mía o de la secretaria, dejo a mis informadores haciendo cábalas sobre qué debía de estar haciendo para sufrir un infarto y me voy a casa. Decido ir mañana al salir de trabajar, dispuesta a lavar mi conciencia por la parte de culpa que yo hubiera podido tener en el susto del abogado, adúltero y gilipollas de nuevo, ahora que sé que seguramente no corre peligro su vida, y menos aún por culpa mía.

Sexo, mentiras y cafeína. Bien podría ser el título de una película. Un hombre. Plano medio del abogado gilipollas. Tres mujeres. Primer plano de su señora, con cara de tener la mosca detrás de la oreja. Barrido a primer plano de la secretaria y, antes de darme tiempo de aparecer como última mujer de la historia, ésta última se hace con el papel protagonista indiscutible echándose a llorar desconsoladamente junto a la puerta de entrada al edificio. No me ha dejado ni aparecer como extra, la tía avariciosa.

Como soy más blanda que rencorosa me acerco para preguntarle si está bien. Es obvio que no, pero de alguna manera tengo que dirigirme a ella. Sólo consigo que se arranque por pucheritos con más alegría y que el pobre Predator empiece a lloriquear al verlo. Es un bicho muy empático. Para salir de la incómoda situación de mirar cómo llora sin hacer nada doy un paso más hasta convertir la situación, además de incómoda, en embarazosa, y la abrazo, traicionada por algún instinto que preferiría no tener. Por lo menos, los lametones de la minúscula lengüecita de Predator consiguen sacarle una sonrisa y veo una luz al final del túnel para poder escapar a esta escena que el portero y la vecina contemplan con tal descaro y alegría que sólo una bolsa de palomitas sería capaz de completar su felicidad.

De repente, se me acerca al oído y, todavía entre sollozos, me hace una terrible pregunta.

— ¿Te puedo pedir un favor?

Parece que no va a haber forma humana de tirar las dichosas cacas a la papelera.

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8 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 3

  1. “Elevado sentido del civismo y decoro” qué bueno. Se lo diré al propietario de un terranova negro con quien me cruzo muchas mañanas a las 7.
    Parece que no fue la cafeína de su café lo que le dio el subido, si es que las secres rubias tienen un peligro jejeje

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    • Se me ocurren muchos propietarios sin ese elevado sentido cívico y decoroso…
      A que ya no te sientes tan mal? No lo habéis matado vosotros, ha sido la secre… (o no? jajaja).

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    • Por qué no me sorprende tu voto? Jajaja
      De hecho, vuestra creatividad extrema me lleva a plantearme el añadir a la encuesta una opción “otros – detalle, por favor”… jaja

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