La chica del lunar – capítulo 2

Mi instinto justiciero me obliga a cargar la cafetera, “clac-clac”, dos veces, con café puro arábica. Es lo que pone en el envase pero yo no sé ni qué pinta tiene eso porque, desde que llegué aquí, esa lata se ha rellenado siempre con café barato. Y a juzgar por la edad aparente de ésta, no parece que se trate de una nueva costumbre.

Mientras lavo unas cucharas en el fregadero me recreo en la observación de cada sorbo que da a su café el abogado gilipollas, sin sospechar siquiera una venganza a su estupidez que, no por no ser fría, estaba siendo menos disfrutada.

Satisfecha con la simple idea de verlo llegar mañana, tras una larga noche de insomnio, tan ojeroso como ha aparecido hoy mi jefa, el mundo se me antoja un lugar mucho mejor y consigo terminar la jornada sin echarle los perros a ningún cliente.

Orgullosa de haber sobrevivido a los efectos secundarios que podían tener sobre la vida ajena las ojeras de mi jefa, vuelvo a convertirme en la anónima chica del lunar al pisar de nuevo la calle y empezar a caminar entre un montón de desconocidos hacia casa de mis padres. La mía está más cerca. Bastante. Como a mitad de camino, pero en dirección contraria. No hay en este mundo una razón lo suficientemente poderosa como para hacerme renunciar a la comida de mi madre. Y mi sueldo de ejecutiva no puede sino empujarme a disfrutar de sus creaciones culinarias también en mi casa a la hora de cenar. En el bolso llevo el tupper de anoche. Dios tenga en su Gloria al inventor del microondas (si es que está muerto).

Pese a ser fan incondicional de la cocina de la mujer que me trajo al mundo, sigo sin entender por qué unas lentejas son un plato idóneo para un caluroso día de verano. Más aún cuando se trata de las sobras de ayer. Las sobras de las sobras de ayer, puesto que las de hoy son las que no cupieron en el tupper de la cena.

A mi protesta -hecha con cariño-, mi madre responde que no sabe de qué me quejo, si siempre hay para mí un plato caliente en su mesa (sobre todo en verano), que, además, las lentejas tienen mucho hierro y, por último, que haga el favor de fregarle mejor los cacharros que me llevo, que el último tiene tanta grasa que parece que lo haya lavado con aceite.

Para cuando termina tengo ya la última cucharada en la boca. Mientras intento compensar la temperatura infernal de las lentejas con una tajada de sandía, más propia de esta época del año, me dice que esta tarde tengo que hacer de canguro de Predator, el perro de mi hermano, que no ha despegado el culo del suelo de la cocina desde que le di el último trozo de chorizo mientras mi madre le daba un agüilla a la fiambrera grasienta. Teniendo en cuenta que se trata de una rata blanca de menos de un kilo, quizás  tres trozos de chorizo hayan sido una cantidad excesiva. No parece que le haya sentado mal. Porque interpreto esa babilla que le cae como un indicio de apetito voraz del bicho -que si le diera otra rodaja se habría comido su propio peso en chorizo-; si no es por eso, malo.

A mi protesta -hecha con menos cariño que la anterior- mi madre responde, básicamente, lo mismo que antes, pero sin mencionar el hierro. Para compensar esto último añade que ayudar un poquito es lo menos que puedo hacer, después de comer todos los días en su casa y vivir gratis en el piso de mi abuela. Cuando pienso que ha terminado de humillarme, recordándome lo miserable de mi vida, pone la guinda mencionando de nuevo la gran suerte que tengo de tener una tía como la mía, sin la que no habría sido capaz de encontrar un miserable trabajo. Desde luego, gracias a ella he encontrado uno de esos. Por si fuera poca desgracia la mía, esto le recuerda que tengo que llevarle a mi jefa una crema que por lo visto es una maravilla y que mi tía le había comprado por encargo en Internet. No puede ser mañana, al parecer es un asunto de vida o muerte. No sé si esa cara tiene mucho arreglo, pero en fin…

De camino a casa intento que Predator haga sus cosas en cuanto cacho de hierba encuentro a mi paso. Dos. Nada. Reflexiono sobre los reproches de mi madre, que tengo treinta años, una carrera de adorno, un trabajo de mierda y un piso prestado desde que mi abuela se fue a vivir con mi tía -la misma tía que ha puesto una jefa ojerosa y malhumorada en mi vida-. Quizás la solución a parte de mis problemas pase por asegurarse de que mi abuela duerme cada noche en casa de mi tía, y no en la mía, cuando se enfada con ella, como hoy. Así mi jefa podría dormir tranquila, ya que mi ex-tío no es bien recibido en mi familia y sus pernoctaciones clandestinas son un secreto tía-sobrina.

Predator parece encontrar más atractiva para dejar un recuerdo de su paso por este mundo la terraza del Café Lito. Rezo por que mi jefa no nos vea en este preciso instante. Miro de reojo hacia el interior del local con la esperanza de ver sin ser vista. Ni rastro de ella. De repente, una figura, aparentemente humana, se dirige hacía mí desde la portería colindante con el bar. Maldición. Es ella.

Le tiendo la bolsa con la crema milagrosa de mi tía, con la esperanza de que, cegada por la emoción, no vea a Predator, que sigue agachado, concentrado en lo suyo, detrás de mí. Para mi sorpresa no hace ni puñetero caso ni del chucho ni de la crema. Sólo tiene ojos para mí.

— ¡Ay! ¡Lauri!

Lauri soy yo. Mejor dicho, es el nombre por el que detesto que me llamen. He conseguido enmendar a mi madre a la hora de utilizarlo, pero mi tía lo ha usado siempre y mi jefa se ha contagiado de su mala costumbre.

— ¡El señor abogado!

Señala hacia el portal de arriba. Una ambulancia termina de  cerrar sus puertas e inicia la maniobra para salir pitando, con sirena y todo. No acabo de entender qué es lo que está pasando.

Que se nos muere, me dice. El corazón. Que tenía la tensión por las nubes y con la vida que llevaba esto ya se veía venir. Que ya era mala suerte que pasara ahora que había empezado a cuidarse…

¡Ay! ¡Que lo he matado! Me quedo más blanca que Predator. Incapaz de reaccionar, permanezco allí, con el brazo extendido y la crema milagrosa balanceándose bajo él, dentro de su bolsa. ¡Soy una asesina!

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11 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 2

  1. Jajajajajaja… “siempre hay para mí un plato caliente en su mesa (sobre todo en verano)”. No me quiero perder la escena surrealista de la chica del lunar confesándolo todo a la policía. Jajajajaja.

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  2. a mi me suena mucho…. demasiado!
    oye!! nos has hecho cómplice de asesinato!! que conste que yo quería un escarmiento para el indeseable, pero no hacía falta cargárselo en el segundo capítulo!! jajaj…

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    • ¡Ah! Ya avisé de que una decisión nunca es lo suficientemente insignificante como para no poder tener grandes consecuencias… de cómplices nada, sois los autores materiales… jajaj

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  3. Muy buena la defensa de la madre para las lentejas, es un argumento que pasa de generación en generación!!!
    Que este tranquila Lauri si la palma no será por la cafeína de un café, así que nada de ir a la policía.
    Voté,

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