Wakarimasen!

—Wakarimasen!

Nada. No había manera de sacarle otra palabra. La chica, japonesa de manual, parecía arrancada de un cómic manga y soltada, así, sin más, en un vagón del metro de Barcelona en plena hora punta.

Tras una sacudida extraña, Ramón había chocado violentamente con el señor rechoncho y bajito cuya calva había ido contemplando forzosamente durante todo el trayecto, ya que el brazo del chico que llevaba pegado a su derecha le hacía forzar una extraña posición de su cabeza, inclinándola inevitablemente hacia delante y sin otra vista que cuatro pelos grasientos atravesando aquella cabeza prácticamente desértica de oreja a oreja.

Sin embargo, al volver a encenderse las luces después del breve parpadeo que acompañó el repentino frenazo del tren, no había ni rastro del señor ni de su calva y, en su lugar, Ramón se encontró, cara a cara, con una joven japonesa que le miró primero con incredulidad y, dos segundos después, con verdadero pánico.

Se arrancó con un par de frases de las que ni él ni ninguno de los pasajeros entendió una sola palabra. Tampoco pareció comprender ella ninguna de las preguntas con las que la bombardearon sus nuevos compañeros de viaje.  “¿Qué ha pasado? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? ¿Estás bien?” Poco le importaba a ella la pregunta. La respuesta a todas ellas era siempre la misma: “Wakarimasen!”. Wakarimasen que acompañaba cada vez de más signos de exclamación, a medida que su nerviosismo aumentaba ante aquella situación surrealista y absurda.

Finalmente un chico moreno de peinado imposible que había estado observando la escena desde la puerta elevó su voz en dirección a la chica.

Kon-nichiwa.

La muchacha se giró, como activada por un resorte, en la dirección por la que había venido la única palabra con sentido que había llegado hasta sus oídos.

Kon-nichiwa!

Se abalanzó sobre el chaval del pelo raro y le miró fijamente a los ojos con una mezcla de admiración y desesperación. Trascurridos cinco segundos durante los que su salvador no se volvió a pronunciar, lo agarró de la cazadora y lo zarandeó, repitiendo una y otra vez su saludo, que por tono y volumen sonaba ya más como un insulto.

Kon-nichiwa! Kon-nichiwa!

Él parecía ya tan asustado como ella, puesto que se había llevado ya un coscorrón gracias a las sacudidas de la chica.

Pero dile algo dijo parsimoniosamente una señora con moño que había junto a él mientras iba y venía acompañando al chaval en sus sacudidas, que nos va a matar a todos.

¿Y qué quiere que le diga? Si yo no hablo japonés.

Pero si lo acabas de hacer. ¿Cómo era? ¿Conichi?

Wa! sonó un poco más allá.

Eso volvió a decir la señora. Conichiguá dijo aquella vez dirigiéndose ya a la chica, que la miró sorprendida y quizás esperanzada ante la idea de que aquella señora con poca pinta de poder resolver sus problemas pudiera quizás ayudarle de alguna manera.

Kon-nichiwa! volvió a saludar la muchacha sin soltar aún la chaqueta del chico de la puerta.

La señora la miró con la misma expresión del chaval ante la imposibilidad de transmitirle ningún otro mensaje ni de decirle, siquiera, que no hablaba su idioma.

¿Y qué le hemos dicho? preguntó al chico.

Hola.

¿Hola? ¿Y qué hace esta pobre chica con un “hola”? ¿No ves que está perdida? de repente la señora reaccionó a algún tipo de aviso de su subconsciente y miró a través de la puerta que acababa de abrirse junto a ella ¡Uh! ¡Mi parada! ¡Conichiguá! ¡Conichiguá! fue repitiendo a medida que se alejaba de la chica, abriéndose paso entre los pasajeros que ya empujaban para entrar en el vagón.

La chica la siguió con la mirada, viendo como su única esperanza hasta el momento se desvanecía entre la multitud. Finalmente, sus ojos se abrieron como naranjas ante el único estímulo que, junto con el saludo de todos sus interlocutores,  su cerebro había logrado descodificar.

Sagrada Familia… murmuró, al borde del llanto.

Y así fue como hubo una japonesa menos perdida en Barcelona y un señor rechoncho y bajito de calva brillante al borde de la crisis de ansiedad, empujado por los guantes impolutos de un trabajador del metro de Tokyo en la parada de Hibiya.

2 comentarios en “Wakarimasen!

    • Pero en antiguo antiguo… jajaj. No seguía Star Trek pero lo que es transportar, transporta igual.
      Y bien baratito que le habrá salido el viaje (lo malo será la vuelta), así que la visita a la Sagrada Familia le va a salir por un pico, jeje.

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