Corazón de melón

Estoy bañándome con Juanjo en lo que parece una bañera grande, o una piscina pequeña, no sabría decirlo,  sólo que Juanjo tiene la cara y el cuerpo de mi primo David. Laura, a la que no he visto en años, aparece por la puerta de la habitación y, entre la penumbra, se pone a buscar algo desesperadamente. En ese momento se activa la megafonía de la biblioteca, que es donde Juanjo, ya en su propio cuerpo, y yo, estamos sentados estudiando, “Melocotones, cebollas, patatas… de primera calidad en la puerta de su casa”. Miro a Juanjo por un segundo y abro los ojos.

“Atención, señora. Ha llegado el melonero. Melones, sandías, melocotones, cebollas, patatas… de primera calidad en la puerta de su casa”. Pero, ¿qué es este escándalo a estas horas de la madrugada? No sólo me ha despertado, sino que me ha aguado el desenlace de un sueño que prometía un final más que feliz.

Me asomo a la ventana y veo a la vecina de la casa de al lado comprándole al señor de la furgoneta, también conocido como “el melonero”, que desinteresadamente ha acabado con la mañana de sueño de un plácido domingo. Cojo el móvil; las doce menos cuarto.

Bajo a desayunar y veo que mi madre entra resoplando por la puerta del jardín. Que le había dicho a la vecina que le comprara un melón y se le ha olvidado, que a ver con qué hace ella la sopa de melón que quería hacerle a mi hermano si no tiene melón.

—Pues ahora te vienes conmigo al mercadillo y me ayudas con todo lo que tengo que comprar. Así haces algo.

Así hago algo. ¿No dicen que mi trabajo es estudiar? Pues estoy de vacaciones. Mi hermano sí que se ha pasado el año de fiesta en fiesta, de Erasmus en Dublín, y con mimos a la vuelta; ya me tocará a mí, ya. Acabo con mi café y mis tostadas, que mi madre no está para tonterías. La veo salir del garaje con el carrito de la compra. A mi cara de asombro responde que el coche se ha estropeado y que hay que bajar al pueblo andando. Que así hago algo.

Segunda quincena de julio y media España ha venido a pasar las vacaciones al mercadillo de mi pueblo. ¡Qué barbaridad! Recorremos el mercado parando en todas y cada una de las paradas. Compramos en una de cada veinte después de soportar las sofisticadas técnicas de venta del vendedor de turno, que podría habérselas ahorrado; habríamos comprado igualmente ese melón.

—¿Un melón? —repite el vendedor levantando las cejas—Los tengo baratitos… ¡Y muy buenos! Mira… —y acerca a mi madre lo que parece ser un ejemplar único, por el ritual con que lo escoge y empieza a aporrearlo como un poseso—¿Ves? Estos me están saliendo buenísimos.

Y con el melón, causante de todas mi desdichas matinales, mi madre da por buena mi contribución a las tareas domésticas y me libera de mi condena, cargándome, eso sí, con cuatro bolsas de fruta, entre ellas la del melón, claro está.

A medio camino, en la recta infernal, sin sombra alguna para los peatones y con bancos bajo las moreras para los jubilados y los jóvenes ociosos, las asas de la bolsa del melón empiezan a ceder. Acelero la marcha en un desesperado intento de salvar la vida de su pasajero. Inútil; el melón sale rodando acera adelante y no se para hasta tres metros más allá. Entre risas ahogadas, o no, recojo, con toda la dignidad que soy capaz de mantener, el melón que acabará conmigo; con mi paciencia hace ya rato que acabó.

Como buenamente puedo consigo llegar a casa con mi melón bajo el brazo, no sin llamar la atención de todos los transeúntes que me cruzo en mi camino.

Pongo el aire acondicionado, me espachurro en el sofá y vegeto hasta que oigo las llaves en la puerta; mi madre ya está aquí. Guardamos el resto de la compra y me dice que me ha comprado los calcetines que le dije que necesitaba para el gimnasio y ropa interior.

Presa del pánico abro la bolsa que ha dejado sobre la mesa de la cocina. Tres pares de calcetines Nikel; de las bragas ni hablo. Tras la sagrada horita de siesta de mi madre después de comer, soy arrastrada a la cocina para ayudar a preparar la cena de bienvenida a mi hermano. Toda la tarde con ella en la cocina. Decididamente, hoy no es mi día. En un esfuerzo por ver el vaso medio lleno me doy cuenta de que son las ocho y de que al día le queda un telediario.

Nueve y media. Cena hecha. Mesa puesta. Timbre. Mi hermano entra por la puerta. Besos, abrazos, preguntas varias…

—¡Te he hecho sopa de melón! —a mi madre le hacen chiribitas los ojos; ¡la ilusión que le hará a su hijo tener su plato preferido sobre la mesa!
—¡Anda! Qué bien… voy a lavarme las manos.

Sigo a mi hermano hasta el lavabo para comentar qué tal su estancia en Dublín y, antes de tener tiempo de abrir la boca siquiera, ataca él primero.

—¡Con las ganas que tenía de llegar para probar un buen gazpacho con su tortilla de patatas!
—Pero ¿a ti no te gusta la sopa de melón? —mi hermano me mira levantando su ceja izquierda, la de “qué me estás contando”.
—¿La sopa de melón? ¿No piensa mamá que te encanta su paella? —y yo pensando que no se notaba—Pues eso.

Llegamos a la cocina. Mi madre saca la sopa de la nevera y, en su camino a la mesa, tropieza con la maleta de mi hermano, todavía en la cocina. Con el corazón dividido, entre la rabia de haber dedicado todo el día a una tarea inútil y la satisfacción de saber que el sufrimiento del melón en su muerte a manos de la batidora había sido completamente en vano, veo a cámara lenta el recorrido del bol de las manos de mi madre al suelo, donde se hace añicos, llenando de sopa hasta el último rincón de la cocina.

Ocho ojos clavados en el suelo de la cocina, ya que mi padre se ha asomado al escuchar el escándalo del bol al romperse y los gritos de mi madre jurando en arameo. Por fin mi madre, que es mujer de acción, toma las riendas de la situación.

—¡Y tú no te quedes ahí pasmada! ¡Ayúdame a recoger todo esto! ¡Así haces algo!

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2 comentarios en “Corazón de melón

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