Una temporada en el Infierno

Yo nací en una fábrica. Al principio no era más que un tronco fofo y relleno, después empecé a notar que me cosían unas patas, cuatro, para ser más exactos y, por fin, una cabeza. Como ya tenía ojos me miré; ¡era un osito de peluche! ¡Pero bueno! ¿Tan mal me había portado en mi otra vida? ¡Qué decepción! Ni siquiera me había reencarnado en un ser vivo, ni en el más miserable; era sólo un juguete peludo destinado, en el mejor de los casos, a acompañar a un niño en sus juegos, ¡qué planazo! Si hubiera tenido venas y capacidad de movimiento me las habría cortado allí mismo.

Todavía impactado por mi nueva condición me di cuenta de que me estaba moviendo, estaba sentado en una cinta transportadora y vi un bulto marrón a mi lado. ¡Toma!, otro pringado, y qué cara de memo tenía el pobre con aquella sonrisa idiota, con la vida que le esperaba. Un manotazo accidental de un operario me tumbó en la cinta y lo que vi me dejó de piedra; cientos de ositos totalmente idénticos, con la misma sonrisa tonta. En aquel momento tuve claro que el Infierno existía y yo había ido a parar a él y, lo peor, no podía dejar de sonreír. De repente una mano me agarró de la cintura y me embutió en una caja con cinco ositos más. Estuve a punto de iniciar una conversación de ascensor con ellos pero como tenía la boca cosida no pude. De pronto dejé de verles; nos cerraron la caja y nos cargaron en un camión.

Pasados cinco minutos aquello se empezó a mover, primero fue un leve movimiento al arrancar pero luego las cajas empezaron a rodar, literalmente, por el remolque, chocando entre ellas. El muy membrillo no nos había atado; sin duda se reencarnaría en peluche, por tonto.

Por suerte el viaje hasta la juguetería fue corto y el dependiente parecía tener prisa por vendernos. Nos puso a todos en una estantería justo enfrente de las muñecas; había una Repollo que no me quitaba ojo y, a decir verdad, no estaba nada mal. Sin duda fue mi sonrisa lo que le cautivó, aunque ella parecía una chica algo más seria. Eso sí, no perdía detalle de nada de lo que pasaba a su alrededor con aquellos ojos como platos. ¡Qué lástima que lo nuestro fuera imposible!

Nuestro amor, aunque platónico, fue intenso hasta que una mujer se interpuso en nuestra relación.
—Me llevo éste.
¡Pero bueno! ¿es que mi opinión no contaba? Pues no, con una frase tan corta y fría me partió el corazón en dos y habría llorado, de haber podido, la pérdida de mi querida Repollo, la única que, hasta el momento, me había hecho sentir un oso de verdad. Para colmo de males el dependiente me envolvió en un papel de regalo horrible, con globitos de colores y serpentinas, ¡para fiestas tenía yo el cuerpo!

No veía un pimiento con aquel dichoso papel pero, por el movimiento rítmico de atrás hacia adelante, de delante hacia atrás y vuelta a empezar deduje que estábamos caminando. De repente, tras una ligera pausa, noté que algo había cambiado; íbamos hacia arriba, ¿una escalera? Un timbre, una puerta al abrirse y un griterío insoportable de críos sobreexcitados.
—¡Y que cumplas muchos más!
Vaya por Dios; un cumpleaños. Bueno, con un poco de suerte me tocaría un dueño majo. El papel se rasgó, ¡por fin la luz! Algo en aquel mocoso no me gustó ni un pelo.
—¡Un osito de peluche! —hurgando en la herida; ya decía yo que no era trigo limpio. La malicia se reflejaba en sus ojos—parece que está malito… ¡hay que operarle!
¿Operarme? Si estaba sano como una manzana; acabadito de coser, recién salido de fábrica y producto nacional, oiga. Atravesamos el comedor lleno de gente. Los mayores esperaban para tomar café.
—¡Bisturí! —aquel pequeño sádico sacó un cuchillo de carne del cajón de la cocina. ¡Cómo me habría gustado atravesarle el corazón con aquel mismo cuchillo! Sentí la hoja desgarrando mi piel y la mano de mi asesino arrancando mis entrañas. El muy idiota las fue tirando sin mirar, a sus espaldas, sobre la cafetera. Mis vísceras comenzaron a arder al contacto con el fuego. Una llamarada llegó hasta la campana, donde la grasa acumulada alimentó el incendio, extendiéndolo a la ropa del salvaje que me había mutilado de aquella manera. Antes de morir disfruté por un instante de la sonrisa bajo mi hocico; la venganza no siempre se sirve fría.

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