Paquito el chocolatero

Las once y Marta ya se ha ido a casa. No he podido ni tomarme una caña en La Tasca. Suerte que mi madre me ha dejado el coche después del golpe del otro día; ¡Cuánta razón tenía Stevie Wonder! Voy hacia su casa y se apunta Paquito, que tiene turno de mañana y se tiene que acostar pronto; con la torta que lleva no sé yo si le servirá de algo.

—¡Coño, los picoletos! Paquito, tira eso.
—¿Pero qué dices? Si me ha salido de puta madre…
—¡Que lo tires, joder! Como nos pillen se van a quedar el resto… ¡y abre la ventanilla, por Dios!

Se abre la puerta del Nissan Patrol. ¡Me cago en mi mala suerte! ¡El sargento Bermúdez! Ya es la tercera vez este mes y con la manía que me tiene no me va a pasar ni una.

—Buenas noches —yo no sé si lo hace por joder o si no sabe hablar de otra manera, pero ese tonito me revienta… y lo sabe. Del coche ha bajado también un chavalillo de no más de veinte años que tiene toda la pinta de acabar de salir de la academia.
—Buenas noches, sargento. Al final me cogerá usted cariño, ¿eh? —al sargento no le hace ninguna gracia mi coletilla y no se esfuerza en disimularlo.
—Documentación, por favor.
—Pero sargento… que me para cada semana… ya nos conocemos, ¿no?
—¿Que te para cada semana? ¿Éste?—Paquito se mea de risa en el asiento del copiloto; rezo por que no vuelva a abrir la boca.
—Documentación, por favor —insiste Bermúdez elevando el tono—. La de su compañero también.

El chavalín se acerca a nosotros a lo que, deducimos, es “verificar la identidad de los sujetos”, según su superior. Lo tenemos claro; Bermúdez está desplegando su gran abanico de procedimientos policiales para impresionar al novato.

—Documentación del vehículo, por favor.
—¡Joder, sargento! ¡Sabe de sobras que es el coche de mi madre!

El sargento se acerca a la ventanilla en actitud amenazante.

—Como vuelva usted a hablarme así me veré obligado a sancionarle por perpetuar injurias a un representante de las fuerzas del orden.

Documentación en mano, ordena al chavalín que “proceda a la inspección ocular del vehículo”. Nada digno de sanción; afortunadamente, con el coche parado no pueden comprobar el funcionamiento de la luz de freno.

—Dado el estado del sujeto, vamos a proceder a efectuar un control de alcoholemia —dice dirigiéndose al nuevo.
—Pero ¿me va a hacer soplar? ¡Si no he bebido nada! —el novato trae el dichoso cacharrito.
—¡Tú tranqui, Charli! Que si no ya conduzco yo… —Paquito sigue con la risa tonta y colaborando más bien poco. El sargento se inclina hasta tener la cabeza a la altura de mi ventanilla. Nos mira inquisitivamente; malo.
—¿Están ustedes en posesión de sustancias estupeficientes? —Paquito deja de reírse por un momento y me mira con cara de besugo.
—¿Qué dice?
—Que si llevan drogas —el sargento tiene a bien de usar la lengua de la plebe. Paquito, por tu madre, no la líes.
—Ya no —dice finalmente, seguido de una risita que, sospecho, no hará ninguna gracia a Bermúdez.
—Por favor, hagan el favor de abandonar el vehículo —como nos pillen la piedra mi padre me quita el ADSL hasta que acabe la carrera, dentro de otros seis años, si todo va bien—. Agente, proceda a registrar el interior del vehículo.

Rezo por que no encuentren nada mientras Paquito saluda a un amigo de sus padres.

—¿Qué? A la fresca, ¿no? —el señor hace un gesto con la cabeza en dirección a Bermúdez y se ríe—¡Hala! ¡Hasta luego!

Por suerte el novato, después de ponerme el coche patas arriba, no ha encontrado ninguna sustancia sospechosa. Noto a Bermúdez un tanto incómodo con el resultado de sus pesquisas; no ha podido lucirse ante su pupilo.

—Agente —Bermúdez a la carga—. Proceda a un registro físico manual del cuerpo de los sujetos.
—¡No me joda, sargento!
—Es puramente un procedimiento totalmente rutinario —responde con retintín, inflado como un pavo—. Coloquen las manos sobre el vehículo, por favor. Separen las piernas y no efectúen ningún movimiento sospechoso.

El novato empieza a cachearnos. Paquito suelta una risilla por lo bajini. Le echo una mirada entre temerosa y amenazante.

—¿Quieres mi número de teléfono?

El chavalín da, automáticamente, por acabado el registro. Bermúdez no tiene un sólo motivo para retenernos por más tiempo.

—Circulen —dice finalmente tragándose su orgullo.
—Buenas noches, sargento —me despido con ese tonito que tanto le gusta; hay que ser educado.

Tan pronto entramos en el coche le pregunto a Paquito dónde había escondido la piedra.

—Pues en los gayumbos, joder. En cuanto se ha acercado a mis huevos le he soltado lo del teléfono; no falla.

Adelantamos al Nissan Patrol de Bermúdez, todavía aparcado, y no puedo evitar saludarle por la ventanilla.

—¡Sargento! ¡No nos toque usted los huevos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s