Las mil primeras veces

Acariciando las manos de Ana, que me abraza, dormida, por la espalda, saboreo ese placer indescriptible que sigue al sexo entregado del último de mis trofeos, recordando todo el proceso, desde el primer contacto. Ese proceso que, hoy, por fin, me ha hecho libre.

Me pongo mi disfraz de cazadora de cazadoras, de loba con piel de cordero; nada más eficiente para el tipo de víctima que necesito. Y a por ella.

Sarrià-Sant Gervasi, medianoche pasada, local de ambiente femenino. Hacía ya tiempo que no venía por aquí. Mujeres yendo y viniendo, solas o acompañadas, con copa o sin ella, de lado a lado del bareto, coqueteando con sus amigas, risas, besos, abrazos. Nada ha cambiado en lo esencial; muchas pipiolas, quizás, pero no dan el perfil, no pueden darme lo que busco.

Subida en mis tacones me abro paso entre la parroquia hasta hacerme con un rincón tranquilo al final de la barra; posición estratégica, no falla. La mejor manera de llamar la atención es haciendo ver que pretendes todo lo contrario. En media hora mi trofeo se me habrá plantado delante.

Cuarto trago a mi gin-tonic mirando por encima del vaso y, voilà, aquí viene. Tras esquivarles un par de miradas no pueden resistirse, sus miedos desaparecen y pasan al ataque. Omitiré las primeras palabras de toma de contacto por aburridas y, seguro, de todos conocidas. Dejo que tomen la iniciativa y que, poco a poco, vaya desapareciendo esa timidez que las atrajo hacia mí. Al pronunciar las palabras mágicas, si he sabido elegir a mi presa, ésta poco puede hacer ya.

—Nunca había estado en un sitio de estos —pausa para atar cabos en la mente de mi víctima que, finalmente, reacciona.

—¿Y cómo es que has venido? —encoger hombros, bajar vista al suelo, responder.

—Siempre pensé que quizás me gustaría —pausa dramática—. Sería mi primera vez.

Punto de no retorno. Momento clave de la noche. Curiosamente, cuando más a huevo se lo pones te sacan a la pista. A ver si, después de todo, la chica me va a salir rana…  después de bailar tres o cuatro canciones al son de los berridos de la clientela, volvemos a nuestro taburete querido. Ana, la incauta de turno, dos copazos después de su primer acercamiento, da los primeros pasos claros hacia mi cama. Me habla al oído, me roza la mano, deja caer una caricia sobre mi pierna y, finalmente, sella mi libertad con un beso. Ya es mía.

Besos, caricias, susurros y alcohol, pero necesito su firma, necesito su olor en mis sábanas y, cuando creo que ya nada puede demorar más mi objetivo, aparece un grupo de amigas, que van a La Rosa, dicen, que por qué no vamos con ellas. ¡A La Rosa no, por Dios! ¡No soporto la salsa! Pero el efecto “anfitriona de una primeriza” es más fuerte que cualquier cosa, y allí que vamos.

Entrada por la puerta clandestina, pasando por detrás de la barra y, hala, al lío. El club de las vetustas a la derecha, pasando revista, como siempre, a cuanto cacho de carne entre por la puerta, algunas cosas no cambian nunca, y esa horrible música a todo trapo. Ahora una bachata, ahora una cumbia, ahora otra cosa que suena exactamente igual que las anteriores o, en su defecto, un “he mojado mis sábanas blancas, recordándoteeeee”, y mi anfitriona de la noche meneando caderas cubata en mano; ésta no me aguanta dos canciones más y la necesito despierta y activa en horizontal, “devórame otra veeeeeez”. ¡Basta ya! La agarro del brazo y la meto en un taxi; bajo la ventanilla para que se me espabile un poco.

Magreo en el portal. Magreo en el ascensor; parece que responde. Llegada a la cama entre besos y tropiezos. Saboreo su saliva, su lengua, sus labios. Tabaco, alcohol, sudor. Respiraciones acompasadas, corazones acelerados, manos que suben y bajan, lenguas que vienen y van, cuerpos que se retuercen, bocas que besan, que lamen, que gimen, espaldas que se arquean, ojos que se cierran, humedad que fluye, respiraciones que se contienen, miembros que se estremecen, una pausa y luego el silencio.

Hace un rato que Ana duerme, ajena a su destino de loba con piel de cordero. Yo también fui Ana una vez cuando, ante la perita en dulce que supuso la primeriza que me cazó, bajé la guardia y ataqué, ajena a mi futuro de caza cazadoras que, hoy, por fin termina. Hoy  mi víctima número mil toma mi relevo hasta que, pasadas sus mil primeras veces, se deshaga de su maldición en detrimento de otra pobre desdichada.

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